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El ejemplo de un obús sin retroceso nos ayuda a entender una verdad espiritual profunda. Estos cañones son utilizados para abrir paso a los soldados en lugares donde el enemigo ha levantado resistencia. Su función es avanzar, romper obstáculos y permitir que el ejército continúe su camino sin detenerse. De la misma manera, la vida cristiana está llamada a avanzar sin retroceder. No fuimos llamados a detenernos ni a volver atrás, sino a seguir firmes en el camino que Dios nos ha trazado.
La Escritura lo describe con una figura poderosa en Proverbios 30:30, donde dice: “El león, fuerte entre todos los animales, que no vuelve atrás por nada”. El león representa valentía, determinación y autoridad. Cuando el león avanza, no lo hace con duda ni con temor. No retrocede. De la misma manera, el creyente que ha entendido su llamado en Cristo debe caminar con firmeza, sabiendo que su vida está en las manos de Dios y que su propósito es seguir adelante en fe.
Hebreos 10:21-25 nos recuerda que tenemos un gran sacerdote sobre la casa de Dios. Por eso somos llamados a acercarnos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, manteniendo firme la esperanza que profesamos. El pasaje también nos enseña que, al acercarse la venida de Cristo, el amor entre nosotros debe manifestarse en obras visibles. No se trata solo de palabras, sino de acciones que edifiquen a los hermanos, fomenten la unidad y honren el nombre del Señor. Por eso la Biblia nos exhorta a no dejar de congregarnos, sino a exhortarnos unos a otros, especialmente cuando vemos que el día del Señor se acerca.
Luego Hebreos 10:26-32 nos advierte seriamente sobre el peligro de apartarse de Dios después de haber conocido la verdad. En la ley de Moisés, escrita en Deuteronomio 17:2-6, se establecía que si alguien abandonaba la adoración a Jehová para adorar a otros dioses, debía ser llevado ante el pueblo. Con el testimonio de dos o tres testigos se comprobaba su falta y el castigo era morir apedreado. Era una ley severa que mostraba la gravedad de apartarse del Dios verdadero.
El autor de Hebreos explica que apartarse de Cristo es aún más grave, porque quien lo hace se vuelve apóstata del cristianismo. Es decir, alguien que habiendo conocido la verdad decide rechazarla. La Escritura describe esta condición diciendo que han pisoteado al Hijo de Dios, han considerado su sangre como algo inmundo y han hecho afrenta al Espíritu Santo. Es una advertencia fuerte que nos llama a valorar el sacrificio de Cristo y a permanecer firmes en la fe.
Muchas veces el enemigo comienza su ataque de una forma muy sutil. El diablo intenta que el hombre o la mujer de Dios vuelva a los pecados que practicaba antes de conocer al Señor. Precisamente esos pecados son los que más fácilmente pueden atraerlo otra vez. Por eso el peligro comienza cuando una persona deja de buscar a Dios. No necesariamente significa dejar de ir a la iglesia, porque alguien puede asistir a las reuniones y aun así no tener comunión con el Señor.
Cuando la comunión se enfría, el corazón comienza a recordar los pecados del pasado. La mente empieza a traer recuerdos de cómo se pecaba, con quién se pecaba y qué se sentía en esos momentos. Allí comienza una zona de peligro espiritual. La persona empieza a saborear nuevamente aquello de lo que Dios ya lo había libertado. En ese momento comienza la lucha entre la carne y el espíritu.
Si no se reacciona a tiempo, la persona empieza a querer vivir en dos mundos al mismo tiempo. Quiere estar con Dios, pero también quiere mantener ciertos pecados. Quiere caminar con Cristo, pero al mismo tiempo jugar en el equipo del mundo. Quiere navegar en dos aguas. Sin embargo, esa es una posición peligrosa, porque el corazón no puede sostenerse mucho tiempo en esa doble condición. Si no hay arrepentimiento y restauración, el riesgo es terminar apartándose completamente y caer en apostasía.
Por eso Hebreos 10:33-39 nos anima a recordar que el pueblo de Dios ha pasado por muchas luchas, pruebas y persecuciones. Sin embargo, en medio de todo eso el Señor ha sostenido a su iglesia. El llamado es a perseverar y a mantener la confianza, porque esa confianza tiene una gran recompensa. Dios no llama a su pueblo a vivir en retroceso, sino en perseverancia.
Por lo tanto, hermanos, comportémonos como es debido delante de Dios, buscando agradar su nombre en todo momento. Y si en algún momento hemos fallado o hemos pecado, la Escritura nos da una esperanza maravillosa: podemos acercarnos al trono de la gracia para recibir misericordia y encontrar el oportuno socorro. Dios siempre está dispuesto a restaurar a quien se acerca con un corazón arrepentido.
Dios espera de nosotros una vida firme, una vida sin retroceso. Una vida sin fluctuar entre dos caminos. Una vida sin doble ánimo, sin doble pensamiento y sin tibieza espiritual. El Señor busca creyentes decididos, comprometidos con su palabra y con su propósito.
Por eso hoy debemos afirmar con convicción lo que dice la Escritura: nosotros no somos de los que retroceden para perdición, sino de los que tienen fe para preservación del alma. Somos un pueblo que avanza, un pueblo que persevera y un pueblo que permanece fiel hasta el final.