Horario de servicios: Martes 7:30 P.M. y Domingos 08:00 A.M. - 10:30 A.M.


Mateo 5:1-12 nos muestra una de las enseñanzas más profundas de Jesús acerca del carácter del creyente. En las bienaventuranzas el Señor describe cómo debe ser la vida de aquellos que pertenecen al Reino de Dios. No habla solamente de conductas externas, sino de una transformación del corazón. Jesús presenta el modelo de vida que refleja a Dios en medio del mundo.
En Levítico 19:2 Dios da una orden clara a su pueblo: “Habla a toda la congregación de los hijos de Israel y diles: Santos seréis, porque santo soy yo Jehová vuestro Dios”. Esta declaración revela el deseo de Dios para su pueblo. Él no solo nos llama a seguirlo, también nos llama a vivir en santidad.
Ahora bien, surge una pregunta importante: ¿Es posible vivir en santidad? Si fuera imposible, Dios no lo habría ordenado. Cuando el Señor dice “Santos seréis”, lo dice porque es una realidad que puede alcanzarse en la vida del creyente. Dios nunca demanda algo que esté fuera del alcance de la obra que Él mismo hace en nosotros.
Ser santo significa ser separado para Dios. La santidad nace de la propia naturaleza de Dios. Él es santo, y por eso su pueblo es llamado a reflejar esa santidad. Cuando somos apartados para Dios, nuestra vida comienza a tener un propósito diferente. Ya no vivimos solamente para nosotros mismos, sino para aquel que nos llamó.
Las buenas obras por sí mismas no nos hacen santos ni nos dan salvación. Efesios 2:8-9 enseña que somos salvos por gracia, por medio de la fe, y no por obras, para que nadie se gloríe. Somos hechos santos por medio de la fe en Jesucristo, y de la misma manera somos salvos por esa fe. La santidad comienza con la obra de Cristo en nuestra vida.
Sin embargo, la santidad también es un proceso. A medida que caminamos con el Señor, nuestra vida comienza a transformarse. Poco a poco, mientras crecemos espiritualmente, nos vamos pareciendo más a Él. La Escritura lo expresa claramente en 2 Corintios 3:18 cuando dice que nosotros somos como un espejo que refleja la grandeza del Señor, y que gracias a la acción del Espíritu Santo en nosotros, cada vez nos parecemos más a Él.
Cuando ponemos nuestra mirada en Jesús, algo comienza a cambiar en nuestro interior. Pensar en Jesús, estudiar su vida, orar, buscar su presencia y seguir su ejemplo produce una transformación. Empezamos a pensar como Él pensaba y a actuar como Él actuaba. Con el tiempo, esa relación con Cristo va moldeando nuestro carácter, porque hemos sido apartados para Él. Esa es la verdad de la santidad.
Si eres cristiano, dentro de algunos años tu vida no será igual a la que es hoy. Tus pensamientos, tus deseos y tus motivaciones comenzarán a elevarse. Mientras más te acerques al Señor, más evidente será el cambio en tu vida. La cercanía con Dios produce crecimiento espiritual y transforma nuestra manera de vivir.
Jesús dijo en Mateo 5:8: “Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios”. Esta bienaventuranza nos muestra que la pureza del corazón es esencial para experimentar la presencia de Dios. Podemos alcanzar un grado de pureza en esta vida, pero esa pureza no proviene de nuestra propia fuerza, sino de Dios.
La fe juega un papel fundamental en este proceso. La Biblia enseña que la fe viene por el oír, y el oír por la palabra de Dios. A medida que escuchamos la palabra, la creemos y la obedecemos, nuestra fe crece y nuestra vida se transforma. Aunque la perfección absoluta no se alcanza completamente en esta vida, el creyente debe aspirar a ella constantemente.
La santidad forma parte de la madurez cristiana. Un creyente maduro entiende que su vida tiene un propósito mayor que sus propios intereses. La santidad también es práctica. Debemos buscar ese espacio con Dios, dedicar tiempo para crecer espiritualmente y acercarnos cada día más a Él.
La madurez en la santidad se observa cuando una persona deja de centrarse únicamente en sus propias necesidades y comienza a identificarse con el corazón de Dios. Entonces entiende la visión del Padre y se involucra en su obra para transformar un mundo que está herido por el pecado.
La santidad produce una actitud madura en el creyente. Nos impulsa a convertirnos en instrumentos de Cristo para que su voluntad se cumpla en la tierra. Por eso Jesús nos enseñó a orar diciendo en Mateo 6:10: “Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra”. En el cielo se hace lo que Dios dice, y el anhelo del creyente es que esa misma realidad se refleje aquí.
El principio para alcanzar la santidad es buscar a Dios. Cuando buscamos al Señor de todo corazón, comenzamos a desear hacer su voluntad. Y para hacer su voluntad, muchas veces debemos dejar de buscar la nuestra. Allí comienza el verdadero proceso de transformación.
Por eso el llamado de Dios sigue siendo el mismo hoy: “Santos seréis, porque santo soy yo Jehová vuestro Dios”. Es una invitación a vivir una vida apartada para Él, una vida que refleje su carácter y que glorifique su nombre.