Horario de servicios: Martes 7:30 P.M. y Domingos 08:00 A.M. - 10:30 A.M.

La Biblia es clara al enseñarnos que la salvación no es un tema menor ni simbólico, sino una realidad eterna. Jesús mismo habló con seriedad sobre el destino final del ser humano. En Lucas 13:22–28, Él advierte que llegará el día en que muchos tocarán la puerta y ya no se les abrirá, y allí habrá lloro y crujir de dientes. De igual manera, en Lucas 16:19–31, la historia del rico y Lázaro nos revela que sí hay vida después de la muerte, y que las decisiones tomadas en esta vida tienen consecuencias eternas.
Muchos podrían pensar: “Yo no he matado a nadie” o “soy buena persona”. Sin embargo, la Escritura declara en Romanos 3:23 que todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios. El problema del ser humano no es solo lo que hace, sino su condición delante de un Dios santo.
Por eso, Juan 3:18 afirma que el que cree en Jesús no es condenado, pero el que no cree ya ha sido condenado por no haber creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios. ¿Condenado a qué? La Biblia enseña que solo existen dos destinos eternos: la vida eterna en la presencia de Dios o la separación eterna de Él. Jesús describió esta realidad en Marcos 9:43–48, como un lugar donde el gusano no muere y el fuego nunca se apaga, y en Mateo 25:41, como el fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles.
No existe otro camino alterno para llegar a Dios. Jesús fue contundente cuando dijo en Juan 14:6: “Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie viene al Padre sino por mí”. Y Dios mismo declara en Isaías 43:11: “Yo, yo Jehová, y fuera de mí no hay quien salve”. La salvación no se alcanza por méritos humanos, religión o buenas obras, sino únicamente por medio de Cristo.
Aun así, el mensaje no es de condenación, sino de esperanza. Jesús extiende una invitación en Mateo 11:28: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar”. Dios llama al pecador al arrepentimiento y promete limpieza total, como lo declara en Isaías 1:18, donde afirma que aunque los pecados sean como la grana, Él puede emblanquecerlos como la nieve.
El fundamento de todo esto es el amor de Dios, expresado claramente en Juan 3:16: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en Él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna”. La salvación es un regalo ofrecido a todos, pero debe ser recibido personalmente.
Finalmente, la Escritura nos muestra cómo responder a este llamado. Romanos 10:9–10 declara que si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor y crees en tu corazón que Dios lo levantó de los muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para justicia, y con la boca se confiesa para salvación.
Hoy la pregunta no es si alguien fue religioso, bueno o moral, sino si se salvó. Porque solo en Cristo hay perdón, vida eterna y reconciliación con Dios.