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La vida nos presenta constantemente escenarios en los que debemos decidir entre avanzar o permanecer inmóviles. Muchas veces esperamos que las circunstancias cambien antes de dar el primer paso, cuando en realidad Dios suele obrar después de nuestra decisión de caminar por fe.
La historia de Jonatán es un claro ejemplo de ello.
En 1 Samuel 14:1-6, encontramos a un hombre dispuesto a creer en el poder de Dios aun cuando las probabilidades parecían estar completamente en su contra. Jonatán dijo a su escudero:
«…Quizá haga algo Jehová por nosotros, pues no es difícil para Jehová salvar con muchos o con pocos.»
(1 Samuel 14:6)
Qué diferente habría sido la historia si Jonatán hubiera pensado como muchas personas piensan hoy.
«Quizá Dios no quiera ayudarme.»
«¿Y si fracaso?»
«Mejor no hago nada.»
Con frecuencia el temor nos paraliza porque creemos que es más seguro permanecer donde estamos. Sin embargo, la fe nunca se desarrolla desde la comodidad.
A veces pareciera que tenemos miedo de poner nuestra confianza en Dios, como si Él pudiera ser sorprendido por nuestras circunstancias. Pero para el Señor nunca ha existido una batalla imposible.
Una decisión llena de fe puede convertirse en una visión que inspire a muchos otros.
El apóstol Pablo escribió:
«Mas a Dios gracias, el cual nos lleva siempre en triunfo en Cristo Jesús, y por medio de nosotros manifiesta en todo lugar el olor de su conocimiento.»
(2 Corintios 2:14)
Nuestra victoria nunca tiene como propósito exaltar nuestras capacidades.
Siempre apunta a revelar el poder y la fidelidad de Dios.
Mientras Jonatán avanzaba hacia la batalla, su padre, el rey Saúl, permanecía sentado debajo de un árbol en las afueras de Guibea.
Había recibido la responsabilidad de dirigir al pueblo, pero permanecía inmóvil.
Qué contraste tan grande.
Uno decidió avanzar.
El otro decidió esperar.
La pregunta también llega hasta nosotros:
¿Somos como Saúl o como Jonatán?
Porque si no hacemos nada, probablemente nada sucederá.
Los filisteos ocupaban una posición estratégica.
Humanamente tenían todas las ventajas.
Las posibilidades de éxito eran mínimas.
Pero cuando Dios pelea a nuestro lado, las probabilidades dejan de ser el factor más importante.
Con Él, siempre existe esperanza.
Otro detalle hermoso de esta historia es la actitud del escudero de Jonatán.
La Escritura dice:
«Y su paje de armas le respondió: Haz todo lo que tienes en tu corazón; ve, pues aquí estoy contigo a tu voluntad.»
(1 Samuel 14:7)
Qué valioso es encontrar personas así.
Personas que creen en el propósito de Dios y están dispuestas a caminar junto a quienes Él llama.
Quizá hoy haya personas en tu iglesia, en tu familia o entre tus amigos que desean servir al Señor, pero todavía esperan que alguien tome la iniciativa.
Tal vez están esperando encontrar a un Jonatán que los anime a dar el primer paso.
Por eso es importante involucrar a otros en la oración, en el ayuno y en el servicio a Dios.
No esperemos sentirnos completamente preparados.
La verdad es que, por nuestras propias fuerzas, nunca lo estaremos.
La victoria no depende de nuestra perfección.
Depende del poder de Dios obrando en quienes deciden obedecer.
La historia continúa en 1 Samuel 14:8-23 y nos muestra cómo Dios respaldó la fe de Jonatán.
Quizá hoy tú también piensas que no tienes suficiente preparación.
Tal vez crees que no eres lo bastante espiritual.
O que no tienes el talento, la experiencia o los recursos necesarios.
Pero Dios nunca ha estado limitado por las capacidades humanas.
Una sola persona que decide confiar plenamente en Él puede convertirse en instrumento para bendecir a muchos.
El resultado fue extraordinario.
La Escritura concluye diciendo:
«Así salvó Jehová a Israel aquel día. Y llegó la batalla hasta Bet-avén.»
(1 Samuel 14:23)
Lo que comenzó con la decisión de un hombre terminó convirtiéndose en la victoria de toda una nación.
Así suele obrar Dios.
Nuestra obediencia muchas veces alcanza mucho más de lo que imaginamos.
Por eso no abandones.
Quienes abandonan nunca descubren todo lo que Dios tenía preparado para ellos.
Las grandes historias de fe no pertenecen a quienes renunciaron antes de tiempo, sino a quienes permanecieron firmes aun cuando el camino parecía difícil.
No existe satisfacción comparable a cruzar la meta sabiendo que permaneciste fiel al propósito que Dios puso en tu corazón.
Mantente comprometido con aquello que el Señor te encomendó desde el principio.
Aprende también a vivir un paso a la vez.
Una carrera universitaria se completa aprobando un curso tras otro.
Un libro se escribe una página a la vez.
Un campeonato mundial no se gana en el primer partido, sino después de muchas victorias obtenidas durante toda la temporada.
Así también ocurre en la vida espiritual.
No intentes resolver toda tu vida en un solo día.
Permanece enfocado en la tarea que Dios ha puesto hoy delante de ti.
La meta llegará en el momento correcto.
La victoria, en gran medida, también es una elección.
Es la decisión diaria de confiar, perseverar y seguir avanzando aunque todavía no veamos el resultado final.
Cada paso de obediencia nos acerca un poco más al propósito de Dios.
Podemos imaginar la victoria como una puerta.
La puerta puede estar abierta delante de nosotros, pero debemos decidir cruzarla.
Nadie puede hacerlo en nuestro lugar.
Dios abre el camino, fortalece nuestras manos y promete acompañarnos, pero somos nosotros quienes debemos dar el paso de fe.
Atrévete a caminar confiando en el Señor.
Permanece en el momento presente.
Sé fiel a tu llamado.
Y cuando llegues al final del camino, descubrirás que Dios fue quien te llevó de la mano hasta la meta, porque la verdadera victoria siempre pertenece a quienes deciden confiar en Él.