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Cuando pensamos en el crecimiento de una iglesia, es común escuchar frases como: «Yo prefiero calidad y no cantidad». Durante un tiempo también pensé que esa idea era correcta, pero al estudiar la Palabra comprendí que el corazón de Dios siempre ha estado interesado en alcanzar a las multitudes.
Jesús mismo declaró que «la mies es mucha, mas los obreros pocos», dejando claro que el deseo del Padre es que muchas personas lleguen al conocimiento de la verdad. En el libro de los Hechos vemos que, después de la predicación de Pedro, cerca de tres mil personas entregaron su vida al Señor en un solo día. El Espíritu Santo desea usarnos para atraer personas a Cristo y extender Su Reino.
Un ejemplo inspirador fue Juan Wesley, quien en el siglo XVIII llegó a desarrollar alrededor de diez mil grupos familiares o células en Inglaterra. Esto nos recuerda que el crecimiento del Reino comienza con una semilla pequeña, pero cuando Dios la hace crecer, su alcance supera toda expectativa.
Jesús enseñó esta verdad en Mateo 13:31-32:
«El reino de los cielos es semejante al grano de mostaza, que un hombre tomó y sembró en su campo; el cual a la verdad es la más pequeña de todas las semillas; pero cuando ha crecido, es la mayor de las hortalizas, y se hace árbol, de tal manera que vienen las aves del cielo y hacen nidos en sus ramas.»
El crecimiento del Reino no depende únicamente de estrategias humanas, sino de la obra del Espíritu Santo en personas dispuestas a obedecer.
Por eso, Jesús dijo en Hechos 1:8:
«Pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra.»
La palabra testigo, traducida del griego martus, también dio origen al término mártir. Habla de alguien que da testimonio incluso con su propia vida. Antes de impactar al mundo, debemos morir al viejo hombre, a los deseos de la carne y a la antigua manera de vivir. Ese testimonio comienza en casa, continúa en nuestra comunidad, alcanza nuestra ciudad, nuestra nación y, si Dios lo permite, llega hasta lo último de la tierra.
Cuando el Espíritu Santo transforma nuestro corazón, comenzamos a reflejar el carácter de Cristo. Entonces hacemos visible la expresión de Dios en la tierra y estamos preparados para cumplir la Gran Comisión.
Esa preparación es descrita por el apóstol Pablo en Efesios 4:1-3:
«Yo pues, preso en el Señor, os ruego que andéis como es digno de la vocación con que fuisteis llamados, con toda humildad y mansedumbre, soportándoos con paciencia los unos a los otros en amor, solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz.»
Más adelante continúa diciendo en Efesios 4:13-16:
«…hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo; para que ya no seamos niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina, por estratagema de hombres que para engañar emplean con astucia las artimañas del error, sino que siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo, de quien todo el cuerpo, bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente, según la actividad propia de cada miembro, recibe su crecimiento para ir edificándose en amor.»
Este pasaje nos enseña que el crecimiento de la Iglesia está profundamente ligado a la unidad. No se trata únicamente de aumentar en número, sino de crecer juntos hasta reflejar el carácter de Cristo. La unidad es una evidencia de madurez espiritual y se fortalece mediante la humildad, la mansedumbre, la paciencia y el amor.
Nuestro testimonio no depende solamente de lo que decimos, sino de la forma en que vivimos. Somos testigos de Cristo no porque hayamos sido espectadores de Su ministerio terrenal, sino porque participamos de Su vida y permitimos que Su carácter sea formado en nosotros.
Cuando caminamos guiados por el Espíritu, aprendemos a soportarnos con amor, a cuidar la unidad y a trabajar juntos por el Reino de Dios. Esa es la clase de iglesia que impacta al mundo.
En cada lugar donde estemos, nuestra actitud debe reflejar a Cristo. Las personas deberían poder reconocer que hay algo diferente en nosotros. A Dios no lo impresionamos con el conocimiento que acumulamos, sino con un corazón humilde, dispuesto a aprender, servir y obedecer.
En Lucas 11, una mujer exclamó:
«¡Dichosa la mujer que te dio a luz y te amamantó!»
Pero Jesús respondió:
«¡Dichosa más bien la gente que escucha el mensaje de Dios, y lo obedece!»
La verdadera bendición no consiste solamente en conocer la Palabra, sino en vivirla cada día.
Finalmente, Jesús dejó la señal más clara de una iglesia que está creciendo conforme a Su voluntad:
«En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros.» (Juan 13:35).
Cuando caminamos en unidad, servimos con humildad y nos amamos sinceramente, el mundo puede ver a Cristo reflejado en Su Iglesia. Ese es el crecimiento que honra a Dios y el que Él desea producir en cada uno de nosotros.