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¿Alguna vez has tenido que pedirle un favor a alguien? Tal vez a un amigo, un compañero de trabajo, un hermano, un jefe o un vecino. Generalmente acudimos a quien creemos que tiene la posibilidad de ayudarnos en medio de nuestra necesidad.
Sin embargo, no siempre obtenemos la respuesta que esperamos. En ocasiones nos vamos con la sensación de haber sido rechazados y pensamos: «Mejor no hubiera preguntado; de haber sabido que no me ayudaría, no me habría expuesto.»
Muchas veces nos preocupa más lo que las personas pensarán de nosotros que lo que Dios piensa de nuestra vida. Ese temor puede llegar a ser tan fuerte que incluso nos impide hacer preguntas sencillas. Hay quienes pasan frente a una vitrina, les gusta algún producto, pero no se atreven a preguntar el precio porque piensan: «Mejor cuando tenga dinero.» Otros preguntan cuando finalmente desean comprar y descubren que ya no les alcanza, o que el precio era menor cuando lo vieron por primera vez. En ocasiones, el miedo a una respuesta nos hace perder oportunidades.
La Biblia nos presenta una historia muy diferente.
En Marcos 10:46-48 encontramos a Bartimeo, un hombre ciego que mendigaba junto al camino.
«Entonces vinieron a Jericó; y al salir de Jericó él y sus discípulos y una gran multitud, Bartimeo el ciego, hijo de Timeo, estaba sentado junto al camino mendigando. Y oyendo que era Jesús nazareno, comenzó a dar voces y a decir: ¡Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí! Y muchos le reprendían para que callase, pero él clamaba mucho más: ¡Hijo de David, ten misericordia de mí!»
(Marcos 10:46-48)
Bartimeo no sintió vergüenza de reconocer su necesidad. Sabía que solo Jesús podía cambiar su condición. Mientras otros intentaban hacerlo callar, él levantó aún más la voz.
Algo parecido puede sucedernos hoy. Habrá personas que intentarán apagar nuestros sueños, desanimarnos o convencernos de que no vale la pena intentarlo. Incluso algunos usarán argumentos religiosos para decirnos que dejemos de esperar un milagro o un cambio en nuestra vida.
Muchas veces quienes intentan detenernos son personas que nunca han querido salir de su propia zona de comodidad. Permanecer donde todo es conocido resulta más fácil que arriesgarse a creerle a Dios.
Pero también existe otra realidad: en ocasiones somos nosotros mismos quienes levantamos las barreras. El miedo al rechazo, a la crítica o al «qué dirán» termina paralizando nuestra fe.
Siempre será mejor intentarlo que vivir preguntándonos qué habría pasado si hubiéramos dado un paso de fe. Después de todo, lo peor que puede ocurrir es que nada cambie; pero también puede suceder que Dios transforme completamente nuestra historia.
La respuesta de Jesús llegó para Bartimeo.
Marcos 10:49-52 dice:
«Entonces Jesús, deteniéndose, mandó llamarle; y llamaron al ciego, diciéndole: Ten confianza; levántate, te llama. Él entonces, arrojando su capa, se levantó y vino a Jesús. Respondiendo Jesús, le dijo: ¿Qué quieres que te haga? Y el ciego le dijo: Maestro, que recobre la vista. Y Jesús le dijo: Vete, tu fe te ha salvado. Y en seguida recobró la vista, y seguía a Jesús en el camino.»
Cuando Jesús lo llamó, Bartimeo dejó atrás su capa, símbolo de su antigua condición, y fue directamente hacia Él. Sabía exactamente lo que necesitaba y no tuvo miedo de expresarlo.
Dios también espera que nos acerquemos a Él con confianza, reconociendo nuestras necesidades y creyendo que puede obrar a nuestro favor.
El problema no siempre es que las personas nos impidan avanzar. En muchas ocasiones somos nosotros quienes limitamos la obra de Dios por temor, incredulidad o inseguridad.
Por eso el salmista nos recuerda quién es el Señor y todo lo que Él hace por quienes confían en Él.
Salmo 103:1-6
«Bendice, alma mía, a Jehová, y bendiga todo mi ser su santo nombre. Bendice, alma mía, a Jehová, y no olvides ninguno de sus beneficios. Él es quien perdona todas tus iniquidades, el que sana todas tus dolencias; el que rescata del hoyo tu vida, el que te corona de favores y misericordias; el que sacia de bien tu boca de modo que te rejuvenezcas como el águila. Jehová es el que hace justicia y derecho a todos los que padecen violencia.»
Nuestro Dios sigue siendo el mismo. Él perdona, sana, rescata, restaura y corona con favores y misericordia a quienes ponen su confianza en Él.
No permitas que el temor, la opinión de los demás o tus propias limitaciones te impidan acercarte a Jesús. Si Bartimeo hubiera escuchado a la multitud, habría permanecido junto al camino. Pero decidió levantar su voz, y aquella audiencia con Jesús cambió su vida para siempre.
Recuerda siempre esta promesa del Salmo 103:4:
«Él es quien rescata del hoyo tu vida, el que te corona de favores y misericordias.»