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“Enséñame a hacer tu voluntad, porque tú eres mi Dios; tu buen Espíritu me guíe a tierra de rectitud.”
Salmo 143:10
Muchos decimos: “Yo quiero agradar a Dios” pero la gran pregunta es: ¿qué es lo que realmente le agrada a Dios… y a quién le agrada?
Buscar la voluntad de Dios parece algo sencillo cuando lo decimos con palabras, pero vivirla todos los días puede ser un verdadero desafío. La Biblia nos enseña que la voluntad de Dios es buena, agradable y perfecta (Romanos 12:2), pero también nos aclara algo muy importante:
la voluntad de Dios es nuestra santificación (1 Tesalonicenses 4:3–4), es decir, apartarnos del pecado para Él.
Agradar a Dios no es solo una emoción, ni una intención bonita; es una forma de vivir.
Dios mismo nos advierte en Isaías 58:13 que no podemos vivir buscando nuestra propia voluntad y, al mismo tiempo, decir que honramos la suya. Él dice que su día, su camino y su nombre deben ser llamados delicia, no solo respetados de palabra.
Jesús nos dio el ejemplo perfecto. En Lucas 22:42, en uno de los momentos más difíciles de su vida, oró diciendo:
“Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya.”
Eso es hacer la voluntad de Dios: rendirse, incluso cuando no entendemos o cuando duele.
Y en Hechos 22:14 se nos recuerda que Dios nos escoge para conocer su voluntad, no solo para saber de Él, sino para caminar conforme a lo que Él quiere.
No podemos hablar de la voluntad de Dios si no hablamos de la fe.
No se trata solo de creer en versículos o repetir promesas; se trata de confiar en Dios desde el momento en que creemos en Jesucristo, sabiendo que Dios lo levantó de los muertos.
La Biblia dice claramente:
“La fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios.” (Romanos 10:17)
La fe nos permite ver más allá de lo visible y confiar incluso cuando no tenemos respuestas inmediatas.
Aquí es donde muchas veces nos confundimos. Santiago 2:18 nos confronta diciendo que la fe verdadera siempre se manifiesta con acciones.
Pero atención: no se trata de hacer cosas sin fe, ni tampoco de decir que tenemos fe sin que se note en nuestra manera de vivir.
Hebreos 11:1 define la fe como la certeza de lo que se espera y la convicción de lo que no se ve. Y Santiago lo explica de una manera muy clara en la Traducción en Lenguaje Actual:
No sirve decir que creemos en Dios si nuestra vida no refleja lo bueno que Él espera de nosotros. Incluso los demonios creen… pero eso no los hace agradables a Dios.
Abraham agradó a Dios no solo porque creyó, sino porque obedeció, y su fe se perfeccionó por medio de sus acciones.
Muchas veces decimos: “Yo no busco de Dios, pero mi corazón está con Él”.
O: “No voy a la iglesia, pero cuando hay que ayudar, ayudo”.
Pero agradar a Dios no funciona así.
La fe verdadera se demuestra en una relación constante con Él, no solo en momentos aislados.
Hubo una ocasión en la que alguien tenía una necesidad. Yo no tenía lo que necesitaban, así que oré por ellos. Luego encontré a alguien que sí podía ayudar. Cuando los llamé, me dijeron: “Ya lo conseguimos”.
Eso me enseñó algo importante: la oración no es lo último que hacemos cuando no podemos hacer más; la oración es lo primero que deberíamos hacer.
Porque si Dios no responde, si Él no abre la puerta, ningún esfuerzo humano será suficiente.
La Palabra es clara:
“Si el Señor no edifica la casa, en vano trabajan los que la edifican.” (Salmo 127:1)
Y aún más directo:
“Sin fe es imposible agradar a Dios.” (Hebreos 11:6)
Podemos trabajar, servir, accionar… pero si Dios no está en el centro, todo es en vano.
Jesús mismo lo dejó claro cuando habló de su familia espiritual: los que hacen la voluntad de Dios, esos son los que realmente le pertenecen (Marcos 3:31–35).
Agradar a Dios no es decir que creemos, es vivir como personas que confían plenamente en Él.
Que nuestra oración hoy sea la misma del salmista:
“Señor, enséñame a hacer tu voluntad.”
Porque cuando vivimos para agradarlo a Él, todo lo demás encuentra su lugar.