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En Éxodo 12:29-41 encontramos uno de los acontecimientos más trascendentales en la historia del pueblo de Israel: su salida de Egipto después de muchos años de esclavitud. Sin embargo, antes de profundizar en este pasaje, quisiera compartir una experiencia personal que me permitió comprender con mayor claridad una verdad espiritual.
Hace algún tiempo participamos en una actividad en Búfalos. Mientras caminábamos, les compartía a algunos hermanos cómo una experiencia física podía convertirse en una enseñanza para nuestra vida espiritual.
La caminata no era sencilla. Escogimos una ruta cuesta arriba, con una inclinación considerable y bajo un fuerte sol. Conforme avanzábamos, hubo momentos en los que sinceramente ya no quería seguir. Pensaba para mis adentros: «¿Por qué no propuse que subiéramos en vehículo hasta este lugar?». El cansancio era real y la carne comenzaba a quejarse.
Sin embargo, fue precisamente en medio de aquella aflicción física donde el Señor comenzó a mostrarme que muchas veces las dificultades forman parte del proceso para alcanzar los propósitos de Dios. Las aflicciones no siempre significan que vamos por el camino equivocado; en muchas ocasiones son el medio que Dios utiliza para fortalecernos y llevarnos más lejos de lo que imaginamos.
Así ocurre también en nuestra vida espiritual. Muchas veces las pruebas han detenido proyectos, sueños y llamados porque permitimos que el cansancio nos convenza de regresar.
Al leer Éxodo 12:41, observamos que finalmente Israel salió de Egipto, después de que Faraón se rindiera y los dejara partir. Es interesante saber que la palabra Egipto, en hebreo Mitzraim, significa «lugar angosto» o «lugar de estrechez».
Qué hermosa enseñanza encontramos aquí. Dios sacó a su pueblo de un lugar de limitación para conducirlo hacia una tierra donde fluía leche y miel. Ese había sido su propósito desde el principio.
En Éxodo 3:17, el Señor le dijo a Moisés que los llevaría a una tierra buena y espaciosa, una tierra que fluía leche y miel.
Sin embargo, salir del lugar angosto hacia la abundancia no era un proceso sencillo.
Israel llevaba generaciones enteras viviendo como esclavo. La esclavitud ya no era solamente una condición externa; se había convertido en una forma de pensar. No conocían otra manera de vivir.
Es como cuando observamos tres parcelas verdes juntas y creemos que ese es todo el panorama, sin imaginar que más allá existe un territorio mucho más amplio.
Así sucede muchas veces con nosotros. Dios desea ensanchar nuestra vida, pero nuestra mente continúa viviendo dentro de los límites de la antigua esclavitud.
En ese proceso, Israel no solamente estaba dejando atrás la escasez. También tenía que aprender a vivir con la primera gran bendición que Dios les había dado: la libertad.
Pero ¿cómo creer que eran libres si toda su vida habían sido esclavos?
Esa misma lucha ocurre muchas veces en nuestro interior.
Mientras subía aquella montaña, recuerdo que le hice una pregunta a Otto:
—Decime que ya no hay más de estas subidas.
En el fondo esperaba escuchar un «ya no».
Pero me respondió:
—No… todavía faltan.
Cuando escuché esa respuesta sentí que toda mi motivación cayó al suelo. Pensé: «Ya di todo lo que podía dar». Incluso llegué a preguntarme qué hacía allí. Por un momento tuve deseos de regresar o simplemente quedarme sentado sin continuar.
Quizá alguna vez te has sentido de esa manera.
Das lo mejor de ti.
Cumples con tu trabajo.
Atiendes a tu familia.
Sirves al Señor.
Te esfuerzas por hacer las cosas correctamente.
Y, aun así, aparecen nuevos problemas, dificultades económicas, tristezas, desánimos, enfermedades o conflictos que parecieran decirte que todo tu esfuerzo no ha servido para nada.
Entonces comienzan los pensamientos de retroceder.
Volver a la comodidad.
Regresar a aquella «cajita» donde aparentemente todo era más fácil.
Al lugar donde ya conocías cada rutina, aunque ese lugar fuera pequeño.
En otras palabras, regresar al lugar angosto.
Pero debemos recordar una verdad: entre el lugar angosto y la tierra de abundancia siempre existe un desierto.
El desierto forma parte del proceso.
Allí habrá días de hambre.
Habrá batallas que pelear.
Habrá momentos en los que parecerá que Dios guarda silencio.
Incluso habrá ocasiones en las que podríamos llegar a extrañar la vida de antes, olvidando que era una vida de esclavitud.
Eso mismo le ocurrió al pueblo de Israel. Llegaron a extrañar Egipto, aun cuando allí habían sufrido durante años.
Y así también nos sucede a nosotros.
Cuando el proceso se vuelve difícil, queremos regresar.
Sentimos que ya no podemos más.
Pensamos en abandonar nuestros sueños, nuestro llamado o aquello que Dios puso en nuestro corazón.
Pero precisamente en esos momentos debemos recordar la promesa del Señor:
«Yo estaré contigo.»
Su presencia nunca ha dependido de la facilidad del camino, sino de la fidelidad de quien hizo la promesa.
Jesús mismo nos advirtió:
«En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo.»
(Juan 16:33)
Las aflicciones no son el final de la historia.
Son parte del camino.
No desmayes.
Lo mejor aún está por venir.
Si te paralizas ahora, otros alcanzarán aquello que Dios había preparado para ti, y un día podrías mirar hacia atrás diciendo: «Allí debía haber estado yo».
Por eso sigue caminando.
Aunque hoy no veas resultados.
Aunque el camino parezca más largo de lo que imaginabas.
Aunque todavía queden muchas subidas por recorrer.
Dios continúa siendo el mismo que sacó a Israel del lugar angosto para llevarlo a una tierra espaciosa.
Él también tiene el poder de sacar tu vida de toda limitación y conducirte hacia el propósito que ha preparado para ti.
Que Dios te bendiga.
Y nunca olvides que Él tiene pensamientos de bien y no de mal para tu vida. No desistas. Continúa avanzando, porque quien comenzó la buena obra en ti será fiel para completarla.