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En Génesis 26:12-14, la Biblia nos relata que Isaac sembró en aquella tierra y, en el mismo año, cosechó ciento por uno. El Señor lo bendijo de tal manera que comenzó a enriquecerse cada vez más, hasta llegar a ser muy poderoso. Su prosperidad fue tan evidente que los filisteos le tuvieron envidia.
Al leer este pasaje es inevitable hacernos una pregunta: ¿a quién no le gustaría experimentar una bendición semejante?
Muchos anhelamos prosperar, ver el fruto de nuestro trabajo multiplicarse y disfrutar de estabilidad económica. Imaginemos, por un momento, invertir veinte mil quetzales y obtener cuarenta mil como resultado. Sería algo extraordinario. Algunos incluso han podido experimentar bendiciones de esa naturaleza y saben que cuando Dios interviene, Él puede hacer mucho más de lo que nuestras capacidades humanas podrían lograr.
Cuando la Escritura dice que los filisteos tuvieron envidia de Isaac, no significa que debamos buscar despertar ese sentimiento en los demás. Más bien, refleja que la bendición de Dios sobre su vida era tan evidente que no podía pasar desapercibida.
Ahora bien, vale la pena detenernos y hacernos otra pregunta aún más importante:
¿Para qué queremos ser prosperados?
¿Para qué desearíamos tener abundancia?
¿Para qué quisiéramos que nuestros recursos se multiplicaran?
La respuesta determinará la manera en que administraremos aquello que Dios ponga en nuestras manos.
El apóstol Juan escribe en 3 Juan 2:
«Amado, yo deseo que tú seas prosperado en todas las cosas, y que tengas salud, así como prospera tu alma.»
Observemos que este no es únicamente un deseo del apóstol, sino que refleja también el corazón de Dios. Él desea que prosperemos en todas las áreas de nuestra vida: espiritual, familiar, física, emocional y también material.
Sin embargo, la prosperidad siempre viene acompañada de una gran responsabilidad.
Por eso, en Deuteronomio 8:11-18, el Señor advierte a su pueblo:
«Cuídate de no olvidarte de Jehová tu Dios, para cumplir sus mandamientos, sus decretos y sus estatutos que yo te ordeno hoy; no suceda que comas y te sacies, y edifiques buenas casas en que habites; y tus vacas y tus ovejas se aumenten, y la plata y el oro se te multipliquen, y todo lo que tuvieres se aumente; y se enorgullezca tu corazón, y te olvides de Jehová tu Dios, que te sacó de tierra de Egipto, de casa de servidumbre; que te hizo caminar por un desierto grande y espantoso, lleno de serpientes ardientes, y de escorpiones, y de sed, donde no había agua, y él te sacó agua de la roca del pedernal; que te sustentó con maná en el desierto, comida que tus padres no habían conocido, afligiéndote y probándote, para a la postre hacerte bien; y digas en tu corazón: Mi poder y la fuerza de mi mano me han traído esta riqueza. Sino acuérdate de Jehová tu Dios, porque él te da el poder para hacer las riquezas, a fin de confirmar su pacto que juró a tus padres, como en este día.»
Qué fácil es buscar a Dios cuando atravesamos necesidad.
Pero el verdadero desafío aparece cuando la bendición llega.
Cuando comenzamos a prosperar, podemos correr el riesgo de creer que todo ha sido producto de nuestra inteligencia, de nuestro esfuerzo o de nuestras habilidades. Sin darnos cuenta, el corazón puede llenarse de orgullo y olvidar que fue Dios quien abrió las puertas, sostuvo nuestras fuerzas y nos dio la capacidad para alcanzar aquello que hoy disfrutamos.
El Señor no está en contra de la prosperidad. Lo que Él rechaza es un corazón que, después de recibir la bendición, deja de depender de Él.
Volviendo a Génesis 26:12, la Escritura dice:
«Y sembró Isaac en aquella tierra, y cosechó aquel año ciento por uno; y le bendijo Jehová.»
Es interesante observar que la bendición no fue el resultado de la casualidad ni únicamente del esfuerzo de Isaac. La Biblia es muy clara al afirmar que Jehová lo bendijo.
Eso nos lleva a reflexionar sobre una pregunta muy importante:
¿De quién estamos buscando la aprobación para que nuestra vida prospere?
Si la verdadera autorización para ser bendecidos proviene de Dios, ¿por qué tantas veces vivimos buscando la aprobación de otras personas?
¿Por qué tratamos de agradar prácticas que no honran al Señor, o buscamos puertas que Él nunca abrió?
No se trata de vivir en conflicto con las personas. La enseñanza es mucho más profunda: debemos decidir a quién rendimos culto y de quién esperamos realmente la bendición.
Cuando Dios abre una puerta, ninguna influencia humana puede cerrarla.
Cuando Dios bendice, la bendición permanece.
Pero esa prosperidad nunca tiene como propósito alimentar nuestro ego.
En 3 Juan 5 encontramos una enseñanza que revela el propósito de la bendición:
«Amado, fielmente te conduces cuando prestas algún servicio a los hermanos, especialmente a los desconocidos.»
La prosperidad que proviene de Dios siempre encuentra una manera de convertirse en servicio.
El Señor no solamente desea bendecirnos para que tengamos más, sino para que podamos hacer más por otros.
Quiere que nuestras manos estén abiertas para ayudar, sostener, compartir y extender su amor a quienes lo necesitan.
Dios nunca pensó en la prosperidad como un estanque donde todo termina acumulándose. Él quiere que seamos como un río.
Un río recibe agua constantemente, pero también la distribuye. Gracias a ello, todo lo que está a su alrededor florece y tiene vida.
Así desea Dios que sea nuestra vida.
Que la bendición que recibimos no se quede únicamente en nosotros, sino que alcance a nuestra familia, a nuestros hermanos, a quienes atraviesan necesidad y a todos aquellos que Él ponga en nuestro camino.
Cuando entendemos que hemos sido prosperados para bendecir, dejamos de ver los recursos como un fin y comenzamos a administrarlos como un instrumento del Reino de Dios.
Entonces la prosperidad deja de ser solamente una recompensa y se convierte en una responsabilidad, porque comprendemos que todo lo que tenemos proviene del Señor y todo debe ser administrado para su gloria.
Que nuestro anhelo no sea simplemente tener más, sino ser hallados fieles con aquello que Dios decida poner en nuestras manos. Porque el mayor propósito de la prosperidad no es engrandecer al hombre, sino manifestar la generosidad y la fidelidad de Dios a través de la vida de sus hijos.