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Cuando escuchamos la expresión «la gloria de Dios», con frecuencia pensamos en algo extraordinario y sobrenatural. Solemos decir: «El culto estuvo glorioso» o «Se sintió la gloria de Dios», y nuestra mente puede imaginar un resplandor intenso, una luz tan brillante que impide abrir los ojos o una manifestación espectacular que solo puede experimentarse en lo sobrenatural.
Sin embargo, al acercarnos a las Escrituras descubrimos que la gloria de Dios es mucho más profunda que una manifestación visible. En el idioma hebreo, en el que fue escrito el Antiguo Testamento, cada palabra posee una riqueza extraordinaria de significado. Todo lo que el pueblo escribía, pronunciaba o enseñaba tenía como propósito revelar el carácter y la obra de Dios.
Al leer Éxodo 16:1-15, encontramos al pueblo de Israel murmurando en el desierto. Habían salido de Egipto, pero las dificultades del camino comenzaron a llenar sus corazones de quejas y desconfianza. En medio de esa situación, la Escritura declara:
«Y hablando Aarón a toda la congregación de los hijos de Israel, miraron hacia el desierto, y he aquí la gloria de Jehová apareció en la nube. Y Jehová habló a Moisés, diciendo…»
(Éxodo 16:10-11)
La palabra utilizada aquí para gloria es Kabod.
Uno de los significados de esta palabra es peso, pero también comunica la idea de importancia, autoridad, honra y respaldo.
En este pasaje, Dios estaba mostrando su Kabod, es decir, su respaldo sobre Moisés y Aarón. El pueblo se había levantado contra ellos, cuestionando su liderazgo y murmurando constantemente. Sin embargo, el Señor no los dejó solos enfrentando aquella situación.
Dios escuchó las murmuraciones del pueblo y decidió intervenir.
Fue como si dijera: «Aquí estoy. No están solos. Yo me encargaré de esta situación.»
Eso también es la gloria de Dios.
Su gloria no consiste únicamente en una manifestación visible, sino en la certeza de que Él respalda a quienes caminan en obediencia.
Cuando depositamos toda nuestra confianza en el Señor, cuando las críticas llegan, cuando las circunstancias parecen salirse de control o cuando sentimos que las cosas no están funcionando como esperábamos, Dios continúa mostrando su Kabod.
Muchas veces queremos resolverlo todo con nuestras propias fuerzas. Intentamos producir nosotros mismos el pan y la carne para alimentar al pueblo, tratando de controlar aquello que únicamente Dios puede resolver.
Pero el Señor nos invita a descansar en su respaldo.
Su gloria también consiste en permitirle actuar donde nuestras fuerzas ya no alcanzan.
Encontramos ese mismo principio en el llamado del profeta Jeremías. Cuando él se sintió incapaz porque era solamente un muchacho, Dios mismo se convirtió en su respaldo.
En Jeremías 1, el Señor le asegura que estaría con él, poniendo sus palabras en su boca y sosteniéndolo en la misión que le había encomendado.
La gloria de Dios sigue manifestándose cuando Él respalda a quienes obedecen su llamado.
Más adelante encontramos otra expresión de esa misma gloria.
En Éxodo 24:12-18 leemos:
«Y la gloria de Jehová reposó sobre el monte Sinaí, y la nube lo cubrió por seis días; y al séptimo día llamó a Moisés de en medio de la nube. Y la apariencia de la gloria de Jehová era como un fuego abrasador en la cumbre del monte, a los ojos de los hijos de Israel.»
(Éxodo 24:16-17)
En este pasaje, la gloria recibe otro matiz.
La presencia de Dios reposando sobre el monte expresa lo que muchos identifican como la Shekiná, palabra utilizada para describir la presencia manifiesta de Dios habitando en medio de su pueblo.
Más que una simple manifestación de poder, esta gloria habla de la guianza de Dios.
Solo el Señor puede conducir correctamente la vida del ser humano.
Israel aprendió a caminar observando la nube, esperando las instrucciones del Señor y siguiendo la dirección que Él les mostraba.
Su presencia los cubría, los abrazaba y guiaba cada uno de sus pasos.
La gloria de Dios también consiste en dejarnos conducir por Él.
Es interesante notar que Moisés permaneció en la presencia de Dios durante cuarenta días y cuarenta noches.
En la Biblia, el número cuarenta suele estar relacionado con tiempos de prueba, preparación y transformación.
Esto nos enseña que muchas de las pruebas que atravesamos no son evidencia de que Dios nos ha abandonado. Por el contrario, pueden ser el escenario donde Él está redirigiendo nuestro camino y enseñándonos a depender completamente de su dirección.
Quizá el Señor está corrigiendo el rumbo de nuestra vida.
Tal vez nos está mostrando un camino mejor.
O simplemente nos está formando antes de llevarnos al siguiente nivel de nuestro caminar con Él.
Por eso, cuando le pedimos al Señor que nos muestre su gloria, debemos estar dispuestos a dejarnos guiar por su voluntad y no solamente esperar experiencias extraordinarias.
Al final, la gloria de Dios suele manifestarse de maneras mucho más profundas de lo que imaginamos.
No siempre será un resplandor visible.
No siempre vendrá acompañada de algo espectacular.
Muchas veces se hará evidente cuando descubramos que Dios nos sostuvo en medio de la dificultad y nos condujo por el camino correcto cuando no sabíamos qué decisión tomar.
Si hubiera que resumir esta enseñanza en dos verdades sencillas, serían estas:
La gloria de Dios se manifiesta a través de su respaldo.
Y la gloria de Dios se manifiesta por medio de su guianza.
Que nuestro mayor anhelo no sea únicamente ver manifestaciones extraordinarias, sino vivir cada día bajo el respaldo del Señor y permitir que Él dirija nuestros pasos.
Porque cuando Dios respalda una vida y la conduce conforme a su voluntad, esa persona está experimentando verdaderamente la gloria de Dios.
Como le dijo el Señor al profeta Jeremías:
«He aquí he puesto mis palabras en tu boca.»
(Jeremías 1:9)
Cuando Dios respalda y guía a sus hijos, Él mismo se encarga de capacitarlos para cumplir el propósito al que los ha llamado.