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En Lucas 10:33, dentro de la parábola del buen samaritano, encontramos una de las expresiones más profundas del corazón de Dios hacia la humanidad.
La Escritura dice:
«Pero un samaritano, que iba de camino, vino cerca de él, y viéndole, fue movido a misericordia.»
La palabra misericordia, utilizada en este pasaje, proviene del griego σπλαγχνίζομαι (splagchnízomai), y expresa la idea de una compasión profunda, un sentimiento que nace desde lo más íntimo del ser y mueve a actuar en favor de quien sufre.
El samaritano no solo sintió compasión por el hombre herido; permitió que ese sentimiento produjera una acción concreta. Se acercó, curó sus heridas y se hizo cargo de él.
Si esa compasión no hubiera llenado su corazón, probablemente habría continuado su camino como lo hicieron otros.
Esto nos lleva a preguntarnos: ¿qué entendemos realmente por misericordia?
Con frecuencia pensamos que la misericordia consiste únicamente en que Dios tenga lástima de nosotros y decida no castigarnos cuando fallamos.
Sin embargo, la misericordia de Dios es mucho más grande que un simple sentimiento de lástima.
Si el Señor actuara únicamente conforme a nuestra justicia, ninguno de nosotros podría permanecer en pie delante de Él. Su santidad es tan perfecta que los mismos cielos no pueden contener la plenitud de su presencia.
Por eso resulta tan maravilloso descubrir el verdadero significado de su misericordia.
En Jeremías 31:3 leemos:
«Jehová se manifestó a mí hace ya mucho tiempo, diciendo: Con amor eterno te he amado; por tanto, te prolongué mi misericordia.»
En este pasaje, la palabra hebrea para misericordia es Jesed.
Esta palabra describe el amor fiel, constante e inquebrantable de Dios. Habla de un amor que permanece aun cuando nosotros fallamos; un amor que decide no darnos aquello que realmente merecemos y que nunca deja de mirar a sus hijos con gracia.
Nada puede hacer que Dios cambie el carácter de ese amor.
Su misericordia permanece porque nace de su naturaleza.
Sin embargo, el pecado siempre produce una consecuencia inevitable: aparta al hombre del propósito para el cual fue creado.
Cuando una persona vive lejos de Dios, pierde el rumbo de su existencia.
Toda la creación cumple el propósito para el que fue diseñada.
Un gusano cumple perfectamente su función simplemente siendo un gusano.
Pero el ser humano, cuando decide vivir fuera del propósito de Dios, pierde el verdadero sentido de su existencia.
Por eso el Señor permite que nuestra relación con Él sea probada.
No porque necesite descubrir algo que desconoce, sino porque desea revelar lo que realmente hay en nuestro corazón.
Las pruebas terminan mostrando si vivimos conforme a nuestra voluntad o conforme a la voluntad de Dios.
Desde el principio de la historia encontramos esa lucha.
Adán creyó que al comer del fruto podría decidir por sí mismo lo que era bueno y lo que era malo. En el fondo, el pecado representó el deseo de vivir con independencia de Dios.
Ese mismo deseo de autonomía continúa presente en el corazón humano hasta nuestros días.
Cuando hablamos de ser probados, muchas veces pensamos inmediatamente en castigo o sufrimiento.
Sin embargo, el propósito de Dios es muy diferente.
Una de las palabras relacionadas con probar puede entenderse como el proceso de pulir.
Pulir significa quitar las imperfecciones para revelar la belleza de aquello que estaba oculto.
No obstante, cuando la Biblia relata que Jesús fue llevado al desierto para ser tentado, aparece otra palabra griega cuyo sentido apunta a una prueba que busca destruir o hacer caer.
Aquí encontramos una diferencia importante.
El enemigo intenta destruir.
Dios busca transformar.
Satanás procura terminar con el propósito de nuestra vida.
Dios utiliza las pruebas para perfeccionar el carácter de sus hijos.
El Señor nunca pone obstáculos con la intención de hacernos caer.
Él trabaja como el alfarero descrito en Jeremías 18.
Cuando el barro presenta imperfecciones, el alfarero no desecha la vasija. La vuelve a formar hasta convertirla en una obra mejor.
Así actúa Dios con nosotros.
Él no es un Dios mediocre.
Siempre está obrando para formar una versión más madura, más fuerte y más parecida a Cristo.
Aun cuando el proceso resulte doloroso, su propósito siempre será perfeccionarnos.
Y cuando fallamos durante ese proceso, tampoco quedamos abandonados.
La Escritura nos recuerda que:
«Abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo.»
En el contexto en que fue escrito el Nuevo Testamento, un abogado no era simplemente alguien que hablaba en favor de otra persona. Era alguien que asumía completamente la responsabilidad de la causa. Si perdía el juicio, él mismo respondía por las consecuencias.
Qué maravillosa es esta verdad.
Jesucristo ya tomó nuestro lugar.
Él pagó completamente la deuda que nosotros jamás habríamos podido cancelar.
Por eso el apóstol Pablo pudo escribir con tanta seguridad:
«Palabra fiel y digna de ser recibida por todos: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero.»
(1 Timoteo 1:15)
Las pruebas llegarán.
Los momentos difíciles también.
Pero nunca debemos olvidar que el propósito de Dios no es destruirnos, sino formarnos.
Su misericordia nos sostiene.
Su amor permanece.
Y aun cuando atravesemos procesos de corrección, seguimos teniendo un Salvador que intercede por nosotros delante del Padre.
Cada prueba puede convertirse en una oportunidad para acercarnos más a Dios y permitir que Él continúe puliendo nuestra vida hasta reflejar en nosotros el carácter de Cristo.
Porque quien comenzó la buena obra en nosotros será fiel para llevarla hasta el final.