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La tentación puede definirse como el deseo de realizar una acción que produce una satisfacción inmediata, pero cuyas consecuencias, con el paso del tiempo, pueden resultar dañinas. Es aquello que despierta nuestros deseos, alimenta nuestra curiosidad o nos hace creer que no perderemos nada si cruzamos el límite.
En el ámbito espiritual, la tentación es todo aquello que busca inclinarnos al pecado y apartarnos de la voluntad de Dios.
Desde el principio de la humanidad encontramos este mismo patrón. En Génesis 3:1-13, la serpiente se acerca a Eva y comienza con una pregunta aparentemente inocente:
«¿Conque Dios os ha dicho…?»
El enemigo no inicia obligando al ser humano a pecar. Primero siembra la duda respecto a la Palabra de Dios.
Poco a poco, aquello que Dios había prohibido comenzó a parecer agradable a los ojos de Eva. Lo que antes representaba un límite establecido por amor, ahora parecía una oportunidad que no debía dejar pasar.
Después vino la desobediencia.
Y con ella aparecieron las primeras consecuencias del pecado.
En el versículo 10 encontramos que Adán dice:
«…tuve miedo…»
El miedo fue una de las primeras evidencias de que algo se había roto en la relación con Dios.
Después apareció la vergüenza.
El pecado siempre promete satisfacción, pero nunca muestra el costo que habrá que pagar después.
Vivimos en una sociedad que constantemente presenta el pecado como algo atractivo. Basta observar muchas películas, series o telenovelas, donde con frecuencia el héroe y la heroína desafían los principios establecidos por Dios, viven conforme a sus propios deseos y, al final de la historia, parecen alcanzar la felicidad sin enfrentar ninguna consecuencia.
La realidad es muy distinta.
La Biblia nunca oculta las consecuencias del pecado.
Lo que el mundo presenta como libertad, muchas veces termina convirtiéndose en esclavitud.
Por eso las Escrituras nos muestran también ejemplos de personas que decidieron actuar de manera diferente.
Uno de ellos es José.
En Génesis 39:5-14, encontramos el momento en que la esposa de Potifar intentó seducirlo día tras día.
José comprendió que permanecer allí significaba exponerse innecesariamente.
No trató de demostrar qué tan fuerte era.
No negoció con la tentación.
No buscó averiguar hasta dónde podía llegar sin caer.
Simplemente huyó.
Y esa sigue siendo una de las mayores lecciones para nuestra vida.
Hay situaciones frente a las cuales la mejor decisión no es resistir unos minutos más, sino alejarnos completamente.
Todos conocemos nuestras debilidades.
Así como la kriptonita debilitaba a Superman, cada persona tiene áreas donde es más vulnerable.
Por eso no es sabio acercarnos deliberadamente a aquello que sabemos que puede hacernos caer.
A veces escuchamos frases como:
«Solo quiero ver hasta dónde llega.»
«No pasa nada si únicamente conversamos.»
«Voy a permitir esto, pero sé controlar la situación.»
Sin embargo, ese tipo de pensamientos suele ser el comienzo de decisiones equivocadas.
La respuesta bíblica sigue siendo la misma:
Huye.
No porque seas débil, sino porque eres sabio.
Ahora bien, cuando hablamos de tentaciones, muchas personas piensan únicamente en el área sexual.
Pero la tentación adopta muchas otras formas.
También somos tentados a hacer el mal.
A cometer injusticias.
A guardar odio.
A promover conflictos.
A vivir sin sinceridad.
A descuidar nuestra adoración a Dios.
A permitir que la incredulidad gobierne nuestro corazón.
A convertirnos en personas que viven buscando discusiones y pleitos.
A actuar con impaciencia cuando las cosas no suceden según nuestros tiempos.
Todas estas son áreas donde el enemigo procura apartarnos del propósito de Dios.
Por eso el apóstol Pablo escribió a Timoteo:
«Huye de las pasiones juveniles, y sigue la justicia, la fe, el amor y la paz, con los que de corazón limpio invocan al Señor.»
(2 Timoteo 2:22)
La Traducción en Lenguaje Actual amplía esta enseñanza diciendo:
«No te dejes llevar por las tentaciones propias de tu edad. Tú eres joven, así que aléjate de esas cosas y dedícate a hacer el bien. Busca la justicia, el amor y la paz, y únete a los que, con toda sinceridad, adoran a Dios y confían en él. No prestes atención a discusiones que no ayudan en nada. Los que así discuten siempre terminan peleando. Un servidor de Dios no debe andar en peleas. Al contrario, debe ser bueno con todos, saber enseñar, y tener mucha paciencia. Y cuando corrijas a tus enemigos, hazlo con humildad. Tal vez Dios les dé la oportunidad de arrepentirse y de conocer la verdad. Se darán cuenta entonces de que cayeron en una trampa del diablo, y lograrán escapar. Por el momento, el diablo los tiene prisioneros y hace con ellos lo que quiere.»
(2 Timoteo 2:22-26, TLA)
Observemos que Pablo no solo dice de qué debemos huir.
También nos enseña hacia dónde debemos correr.
No basta con abandonar el pecado.
Es necesario perseguir la justicia, la fe, el amor y la paz.
Cada vez que dejamos un espacio vacío en nuestra vida, debemos llenarlo con aquello que proviene de Dios.
Por eso la invitación del Señor nunca consiste únicamente en decir «no» al pecado, sino en aprender a decir «sí» a una vida de obediencia.
La tentación seguirá apareciendo mientras estemos en este mundo.
Pero no estamos llamados a vivir derrotados por ella.
Dios siempre provee un camino para escapar.
Y muchas veces ese camino comienza con una decisión sencilla, pero valiente: alejarnos antes de caer.
La Escritura nos recuerda una verdad que vale la pena guardar en el corazón:
«Porque mejor es perro vivo que león muerto.»
(Eclesiastés 9:4)
Es preferible huir de una tentación y conservar la comunión con Dios, que permanecer en ella por orgullo y terminar lamentando las consecuencias.
La verdadera fortaleza no consiste en demostrar cuánto podemos resistir cerca del pecado.
La verdadera sabiduría consiste en reconocer nuestras debilidades, depender del Señor y escoger siempre el camino de la obediencia.
Porque quien aprende a huir de la tentación también aprende a permanecer firme en la voluntad de Dios.