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Cada amanecer nos recuerda que la oscuridad nunca tiene la última palabra. Después de la noche más larga, siempre aparece la primera luz anunciando un nuevo comienzo. El amanecer transmite tranquilidad, frescura y esperanza. Es la oportunidad de volver a empezar, dejando atrás las sombras del día anterior.
Por eso la Palabra de Dios declara:
«Nuevas son cada mañana sus misericordias.»
(Lamentaciones 3:23)
Qué hermosa promesa. Cada día que Dios nos concede trae consigo una nueva manifestación de Su misericordia. No vivimos sostenidos por nuestros méritos, sino por la fidelidad del Señor que se renueva cada mañana.
Hace algún tiempo leía acerca de los procedimientos que siguen los cruceros cuando reciben a sus pasajeros. Antes de zarpar, una de las primeras actividades consiste en explicar detalladamente las normas de seguridad. Entre todas ellas, hay una que recibe especial atención: los distintos sonidos de alarma.
Cada sonido tiene un significado diferente. Existe uno para una emergencia real y otro para un simple simulacro.
Imaginemos lo que sucedería si los pasajeros pensaran que cualquier alarma significa abandonar inmediatamente el barco. El resultado sería confusión, miedo y un completo caos.
Algo parecido ocurre muchas veces en nuestra vida.
Cuando no entendemos las circunstancias que nos rodean, cualquier dificultad parece anunciar una tragedia definitiva. Las alarmas de la vida comienzan a sonar y pensamos que todo se está derrumbando. Respondemos con desesperación, queremos huir o incluso tomamos decisiones que terminan haciéndonos más daño que la propia prueba.
Sin embargo, antes de reaccionar impulsivamente, necesitamos aprender a escuchar la voz del Señor.
Muchas veces la prueba no anuncia el final del camino.
Simplemente nos recuerda que nuestra confianza no debe descansar en las personas, en los recursos o en nuestras propias fuerzas, sino únicamente en Dios.
Cuando las alarmas comienzan a sonar, todavía podemos confiar en Él.
El apóstol Pedro escribió:
«Amados, no os sorprendáis del fuego de prueba que os ha sobrevenido, como si alguna cosa extraña os aconteciese, sino gozaos por cuanto sois participantes de los padecimientos de Cristo, para que también en la revelación de su gloria os gocéis con gran alegría.»
(1 Pedro 4:12-13)
La palabra «sorprendáis» proviene del griego xenízō, que significa extrañarse o considerar algo como ajeno.
Pedro está diciendo que las pruebas no deberían tomarnos por sorpresa, como si fueran acontecimientos fuera del plan de Dios.
También utiliza la palabra «gozaos», del griego chairō, que expresa una alegría serena, una felicidad tranquila que no depende de las circunstancias.
Finalmente habla de la revelación de Su gloria, palabra traducida del griego doxa, que también comunica la idea de honra y manifestación del carácter de Dios.
Es decir, aun en medio de las pruebas, Dios sigue obrando para revelar Su gloria en nuestra vida.
El salmista comprendía esta verdad cuando escribió:
«Estad quietos, y conoced que yo soy Dios.»
(Salmo 46:10)
Qué importante resulta escuchar esta invitación cuando todo parece perder el control.
¡Tranquilo, no corras!
Muchas veces nuestra primera reacción es actuar impulsivamente, buscando resolver todo de inmediato.
Pero Dios nos llama primero a detenernos.
A guardar silencio.
A confiar.
El apóstol Pablo expresó la misma enseñanza al escribir a los creyentes de Filipos:
«Por nada estéis afanosos.»
(Filipenses 4:6)
Y Pedro añadió:
«Echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros.»
(1 Pedro 5:7)
La palabra ansiedad, traducida del griego merimna, hace referencia a las preocupaciones, los afanes y las cargas que dividen el corazón y roban la paz.
Dios nunca quiso que cargáramos solos aquello que Él está dispuesto a sostener.
Pero surge una pregunta importante:
¿Cómo puede una persona dejar de preocuparse?
¿Cómo puede permanecer quieta cuando las circunstancias parecen tan difíciles?
La respuesta siempre será la misma:
Por medio de la oración.
Cuando aprendemos a buscar al Señor, nuestra confianza comienza a crecer.
La oración no siempre cambia inmediatamente las circunstancias, pero sí transforma nuestro corazón.
Nos recuerda quién tiene el control.
Nos permite dejar a un lado el ruido, la confusión, las ambiciones y las luchas para entrar en el descanso que solamente Dios puede dar.
Las personas que viven confiando en el Señor irradian una paz diferente.
No significa que nunca enfrenten problemas.
Significa que han aprendido a caminar acompañadas por Dios.
Su tranquilidad transmite seguridad a quienes las rodean.
Es agradable estar cerca de personas que descansan en el Señor, porque su paz también fortalece la fe de otros.
En cambio, cuando una persona todavía no ha conocido profundamente el amor de Dios, su vida suele llenarse de ansiedad.
Siempre parece faltar algo.
Siempre existe una nueva preocupación.
Siempre aparece un motivo para vivir inquieto.
Pero cuando comprendemos cuánto nos ama nuestro Padre celestial y aprendemos a confiar plenamente en Él, dejamos de depender de nuestras fuerzas y comenzamos a descansar en Su fidelidad.
Entonces descubrimos que es posible permanecer calmados aun en medio de las mayores exigencias de la vida.
Cada amanecer nos recuerda esa verdad.
Después de cada noche, Dios vuelve a traer Su luz.
Después de cada prueba, Su misericordia vuelve a renovarse.
Por eso, cuando las alarmas de la vida comiencen a sonar, no permitas que el miedo dirija tus pasos.
Detente.
Ora.
Confía.
Recuerda que tu Padre sigue teniendo el control.
Y mientras permanezcas en Él, cada nuevo amanecer será una oportunidad para experimentar nuevamente la paz, la esperanza y la fidelidad de Dios.