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Muchas veces admiramos el resultado de la vida de una persona, pero olvidamos el proceso que tuvo que recorrer para llegar hasta allí. Vemos el éxito, la victoria o el cumplimiento de las promesas, pero pocas veces prestamos atención a los momentos de soledad, incertidumbre y dificultad que fueron necesarios para formar su carácter.
La vida de David es un claro ejemplo de ello.
La Escritura relata:
«Yéndose luego David de allí, huyó a la cueva de Adulam; y cuando sus hermanos y toda la casa de su padre lo supieron, vinieron allí a él. Y se juntaron con él todos los afligidos, y todo el que estaba endeudado, y todos los que se hallaban en amargura de espíritu, y fue hecho jefe de ellos; y tuvo consigo como cuatrocientos hombres. Y se fue David de allí a Mizpa de Moab, y dijo al rey de Moab: Yo te ruego que mi padre y mi madre estén con vosotros, hasta que sepa lo que Dios hará de mí. Los trajo, pues, a la presencia del rey de Moab, y habitaron con él todo el tiempo que David estuvo en el lugar fuerte.»
(1 Samuel 22:1-4)
La palabra Adulam significa lugar de refugio o reposo. Resulta interesante que el hombre ungido para ser rey no estuviera viviendo en un palacio, sino escondido dentro de una cueva.
Mucho se ha hablado de David como el joven pastor que venció a Goliat, del rey poderoso escogido por Dios y del hombre conforme a Su corazón. Sin embargo, antes del trono hubo una cueva.
Podemos imaginar por un momento lo que David pudo haber pensado.
Quizá esperaba un ejército preparado, un palacio digno de un futuro rey o personas influyentes que respaldaran su llamado.
En cambio, la Biblia dice que llegaron a él los afligidos, los endeudados y los amargados de espíritu.
No era precisamente el séquito que cualquiera hubiera imaginado para un futuro rey.
Humanamente, David pudo haberse desanimado.
Pudo haber dicho: «Esto no se parece en nada a la promesa que recibí. Esto no es un castillo, es una cueva.»
Muchos de nosotros probablemente habríamos comenzado a dudar de la palabra que Dios nos dio. Quizá habríamos pensado que el profeta se equivocó o que todo había sido una ilusión.
Pero precisamente en Adulam fue donde comenzaron a formarse los valientes de David.
Muchas veces Dios utiliza las cuevas para formar el carácter que sostendrá las bendiciones futuras.
La actitud que asumimos en esos momentos determina gran parte de nuestro crecimiento espiritual.
Quizá hoy también te sientes en una especie de cueva.
Tal vez estás enfrentando una enfermedad inesperada.
Quizá un hijo decidió alejarse del hogar.
Tal vez tu matrimonio atraviesa una profunda crisis, tu empresa quebró o perdiste el empleo que tanto esfuerzo te costó conseguir.
Son momentos difíciles.
Momentos donde la fe deja de ser teoría para convertirse en una decisión diaria.
Si nuestra confianza no está cimentada sobre la Roca, fácilmente podemos hundirnos en el desánimo.
Sin embargo, Dios continúa obrando aun cuando no vemos resultados inmediatos.
En medio de la historia de David también encontramos el ejemplo de Jonatán.
Él nunca buscó protagonismo.
Comprendió que el propósito de Dios era mayor que sus intereses personales.
Estuvo dispuesto a disminuir para que David pudiera ocupar el lugar que el Señor le había preparado.
Los verdaderos amigos tienen un corazón parecido al de Jonatán.
Se alegran sinceramente por el éxito de quienes aman.
Si es necesario, hacen sacrificios para ver cumplidos los propósitos de Dios en la vida de otros.
Esa actitud refleja también el corazón de Cristo, quien se humilló voluntariamente para darnos vida.
Jesús recorrió un camino mucho más difícil.
Pasó del pesebre al trono.
No a un trono terrenal como el de David, sino al trono eterno.
Desde su nacimiento enfrentó circunstancias humildes y adversas.
Con frecuencia asociamos el pesebre únicamente con humildad, pero también fue una etapa del proceso de Dios.
El Señor pudo haber actuado de otra manera.
Pudo haber enviado un terremoto, abrir espacio en el mesón o hacer que todos reconocieran inmediatamente al Salvador.
Pero Dios decidió desarrollar Su plan mediante procesos.
Él nunca tiene prisa cuando está formando el carácter de Sus hijos.
Por eso, nunca hagas de tu principio el final anticipado.
No desprecies los comienzos pequeños.
Si acabas de graduarte con honores como mercadólogo y la única oportunidad que aparece es un puesto de vendedor, acéptalo con gratitud.
Quizá ese sea el camino que Dios utilizará para prepararte para algo mayor.
Imaginemos por un momento si María hubiera reaccionado con orgullo aquella noche en Belén.
Podría haber dicho:
«Esperemos hasta que haya una habitación digna. ¿Cómo va a nacer el Hijo de Dios en un pesebre?»
Sin embargo, María tuvo una fe práctica.
No perdió tiempo reclamando.
No culpó a José.
No se llenó de frustración.
Aceptó la circunstancia y buscó lo mejor que había en ese momento, porque entendía que Dios seguía teniendo el control.
Dios no planeó que Su Hijo permaneciera en un pesebre.
Planeó un trono.
Pero el camino hacia ese trono incluía pasar primero por aquel humilde lugar.
Lo mismo ocurre con nosotros.
Las circunstancias difíciles no son nuestro destino.
Son parte del camino.
Debemos convencernos de ello.
«No me quedaré aquí. Dios me sacará de esta situación. Si permanezco con una buena actitud, Él cumplirá sus propósitos en mi vida.»
Seguramente María no se sintió feliz de acostar a su recién nacido en un pesebre.
Sin embargo, no permitió que la frustración gobernara su corazón.
Simplemente obedeció y siguió adelante.
Nuestras metas, pero sobre todo los planes del Señor, deben estar por encima de las circunstancias negativas que hoy podamos estar viviendo.
Es tiempo de dejar atrás aquello que hemos perdido y avanzar por fe.
Jesús también tuvo que atravesar el desierto.
Las pruebas revelan el carácter.
En esos momentos descubrimos si realmente confiamos en Dios o únicamente cuando todo marcha bien.
Jesús jamás permitió que la dificultad desviara su propósito.
Más adelante fue rechazado por la multitud, que prefirió liberar a Barrabás antes que a Él.
Aun así, desde la cruz pudo decir:
«Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.»
Ese es nuestro modelo.
Satanás siempre intentará llenar nuestro corazón de resentimiento hacia quienes nos rechazaron, nos traicionaron o nos hicieron daño.
Pero el rencor solo busca alejarnos del destino que Dios preparó para nosotros.
No permitas que una herida defina tu futuro.
Permite que sea Dios quien escriba el siguiente capítulo de tu historia.
La Palabra nos anima diciendo:
«No perdáis, pues, vuestra confianza, que tiene grande galardón.»
(Hebreos 10:35)
Y también nos recuerda:
«Encomienda a Jehová tu camino, y confía en él; y él hará.»
(Salmo 37:5)
Quizá hoy estés caminando por una etapa difícil.
Tal vez parezca una cueva, un pesebre o un desierto.
Pero recuerda esto:
Ese no es tu destino.
Es solamente el camino.
Y vale la pena resistir, porque tu Padre celestial tiene planes de bien para tu vida.
Confía en Él, persevera y no menosprecies el proceso, porque muchas veces es precisamente allí donde Dios forma a quienes un día llevará a cumplir Su propósito.