Horario de servicios: Domingos 07:00 A.M. - 9:00 A.M. - 11:00 A.M. Martes 7:30 P.M.


En muchas películas o telenovelas encontramos historias de personas que llevan una vida común, trabajando en cualquier oficio, sin imaginar que pertenecen a una familia de gran riqueza. De pronto reciben una noticia inesperada: alguien ha fallecido y les ha dejado una enorme herencia. Una casa, un automóvil o una fortuna que cambiará por completo su manera de vivir.
Imaginemos por un momento que algo así nos ocurriera. Alguien nos dijera: «Tenemos dos noticias para usted. La primera es que la persona que creyó ser su padre no es su padre biológico. La segunda es que su verdadero padre acaba de fallecer y le ha dejado una herencia de doscientos millones de dólares.»
¿Cómo reaccionaríamos?
Seguramente experimentaríamos sentimientos encontrados. Por un lado, el impacto de descubrir una nueva realidad familiar; por el otro, la alegría de saber que existe una herencia esperándonos.
Ahora imaginemos que nos dijeran: «La herencia será entregada dentro de dos años, pero durante ese tiempo deberá abandonar todo aquello que desagrada a Dios.»
Probablemente haríamos todo lo posible por cumplir esa condición.
Pero surge una pregunta aún más importante:
¿Tienes alguna herencia el día de hoy?
La respuesta de la Palabra de Dios es un rotundo sí.
En Gálatas 4:1-9, el apóstol Pablo explica que mientras el heredero es niño, en nada se diferencia de un esclavo, aunque legalmente sea dueño de todo. Permanece bajo tutores y administradores hasta el tiempo señalado por su padre.
Luego añade:
«Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley, para que redimiese a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos… Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si hijo, también heredero de Dios por medio de Cristo.»
(Gálatas 4:4-7)
Qué declaración tan extraordinaria.
En Cristo no solamente fuimos perdonados.
Fuimos adoptados.
Y si somos hijos, también somos herederos.
Sin embargo, Pablo explica que existe una diferencia entre crecer y madurar.
Cristo vino para darnos una nueva identidad, pero también necesitamos madurar espiritualmente para ejercer la autoridad que corresponde a un hijo de Dios.
Antes de conocer a Cristo, vivíamos bajo la esclavitud de los rudimentos del mundo.
La palabra rudimentos, del griego στοιχεῖα (stoicheía), hace referencia a principios básicos, elementos, patrones de conducta e incluso poderes espirituales que gobernaban la vida del ser humano.
Eran esas influencias las que determinaban nuestra forma de pensar, de actuar y de vivir.
Ellas establecían nuestros estándares y parecían dirigir nuestro destino.
Pero la Escritura declara algo maravilloso:
«Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si hijo, también heredero de Dios por medio de Cristo.»
(Gálatas 4:7)
Si ahora somos hijos, ya no debemos vivir como esclavos.
El esclavo recibe órdenes.
El hijo conoce a su padre.
El esclavo trabaja por obligación.
El hijo disfruta de una relación.
El esclavo teme.
El hijo confía.
Por eso, Pablo hace una pregunta que también deberíamos hacernos hoy:
«…¿cómo es que os volvéis de nuevo a los débiles y pobres rudimentos, a los cuales os queréis volver a esclavizar?»
(Gálatas 4:9)
¿Por qué regresar a aquello de lo cual Cristo ya nos libertó?
¿Por qué volver a patrones de vida que antes nos dominaban?
¿Por qué permitir nuevamente que pensamientos, costumbres o influencias que desagradan a Dios vuelvan a gobernar nuestro corazón?
Cristo nos llamó a la libertad y a disfrutar de la herencia que Él ganó para nosotros mediante su sacrificio.
Cuando Pablo habla del cumplimiento del tiempo, también nos recuerda el momento en que un hijo deja de ser tratado como un niño.
Ha crecido.
Ha sido preparado.
Conoce lo que le pertenece.
Comprende los límites de su herencia y aprende a ejercer autoridad sobre ella.
Así también ocurre en la vida espiritual.
No basta con haber nacido de nuevo.
Es necesario crecer, conocer la Palabra de Dios y madurar para caminar en la autoridad que Él nos ha concedido.
La Traducción en Lenguaje Actual expresa Gálatas 4:9 de esta manera:
«Pero ahora conocen a Dios. Mejor dicho, Dios los conoce a ustedes. Por eso, no puedo entender por qué se dejan dominar de nuevo por esos espíritus que controlan el universo. ¡Si ellos no tienen poder, ni valen nada!»
Y la versión Dios Habla Hoy dice:
«Pero ahora que ustedes han conocido a Dios, o mejor dicho, ahora que Dios los ha conocido a ustedes, ¿cómo es posible que vuelvan a someterse a esos débiles y pobres poderes, y a hacerse sus esclavos?»
Qué importante es recordar que aquello que antes nos dominaba ya no tiene autoridad sobre quienes pertenecen a Cristo.
Por eso también debemos cuidar aquello que permitimos entrar en nuestro corazón.
La Escritura advierte:
«Tengan cuidado. No presten atención a los que quieren engañarlos con ideas y razonamientos que parecen contener sabiduría, pero que sólo son enseñanzas humanas. Esa gente obedece a los espíritus poderosos de este mundo, y no a Cristo.»
(Colosenses 2:8, BLPH)
No todo discurso atractivo proviene de Dios.
Hay ideas que parecen llenas de sabiduría, pero que terminan promoviendo la tolerancia al pecado y alejándonos de la verdad del Evangelio.
Por eso debemos permanecer firmes en la Palabra.
Santiago nos recuerda el camino:
«Someteos, pues, a Dios; resistid al diablo, y huirá de vosotros.»
(Santiago 4:7)
La Traducción en Lenguaje Actual lo expresa así:
«Por eso, obedezcan a Dios. Háganle frente al diablo, y él huirá de ustedes.»
Y la versión Reina Valera Contemporánea dice:
«Por lo tanto, sométanse a Dios; opongan resistencia al diablo, y él huirá de ustedes.»
Pero surge una pregunta importante:
¿Cómo podemos resistir al enemigo?
No podremos hacerlo si nuestro espíritu permanece débil.
Por eso Jesús enseñó, al hablar de cierta clase de oposición espiritual:
«Pero este género de demonios sólo sale por medio de la oración y el ayuno.»
(Mateo 17:21, BLPH)
La oración fortalece nuestra comunión con Dios.
El ayuno fortalece nuestro espíritu y debilita los deseos de la carne.
Ambos nos preparan para permanecer firmes en la autoridad que Cristo nos ha dado.
Dios ya nos rescató por medio de Jesucristo.
Ya no somos esclavos.
Ahora somos hijos.
La pregunta es: ¿hemos madurado para vivir como tales?
Si todavía hay áreas donde necesitamos crecer, pongamos resistencia mediante la oración, el ayuno y una vida rendida al Señor.
Recordemos siempre la declaración que transforma nuestra identidad:
«Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si hijo, también heredero de Dios por medio de Cristo.»
(Gálatas 4:7)
Vivamos, entonces, como verdaderos hijos y disfrutemos la herencia que nuestro Padre celestial ha preparado para todos aquellos que permanecen en Cristo Jesús.