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Vivimos en una época en la que la fidelidad parece ser cada vez más escasa. Los adulterios, los engaños, las estafas, los chantajes y las traiciones forman parte de las noticias de todos los días. También vemos con frecuencia divorcios, hijos que se rebelan contra sus padres, divisiones en familias, empresas y ministerios. Pareciera que el honor y la lealtad han perdido valor.
Sin embargo, la Biblia nos muestra una realidad muy distinta. Dios es fiel y está rodeado de fidelidad. Él busca personas que reflejen ese mismo carácter y que permanezcan firmes en medio de cualquier circunstancia.
Discípulos fieles
La fidelidad comienza en nuestra relación con Dios y se refleja en la manera en que tratamos a las personas que Él ha colocado como autoridad en nuestra vida. La Escritura presenta a Timoteo como un ejemplo de un discípulo fiel que sirvió a Pablo con un corazón sincero.
Filipenses 2:19-24
«Espero en el Señor Jesús enviaros pronto a Timoteo, para que yo también esté de buen ánimo al saber de vuestro estado; pues a ninguno tengo del mismo ánimo, y que tan sinceramente se interese por vosotros. Porque todos buscan lo suyo propio, no lo que es de Cristo Jesús. Pero ya conocéis los méritos de él, que como hijo a padre ha servido conmigo en el evangelio. Así que a este espero enviaros, luego que yo vea cómo van mis asuntos; y confío en el Señor que yo también iré pronto a vosotros.»
Timoteo no sirvió por conveniencia ni por reconocimiento. Sirvió con la actitud de un hijo que honra a su padre. Esa es la clase de personas que Dios desea formar: hombres y mujeres fieles que aprendan a servir con humildad y compromiso.
Un discípulo fiel también sabe seguir
Todos los creyentes somos ovejas del Señor, pero no todos llegan a convertirse en discípulos fieles.
La oveja espera que la busquen; el discípulo sigue a su pastor. La oveja espera que la llamen; el discípulo toma la iniciativa para servir.
Eliseo entendió este principio. Aun cuando Elías le decía: «Quédate aquí», él respondía: «Vive Jehová, y vive tu alma, que no te dejaré». Su fidelidad fue probada antes de recibir la doble porción de la unción.
Si Eliseo hubiera permitido que el orgullo o la amargura gobernaran su corazón, habría interpretado aquellas palabras como rechazo. Sin embargo, permaneció firme y recibió la recompensa de su perseverancia.
Jesús también hizo una invitación sencilla y profunda a sus discípulos:
«Ven, y sígueme.»
Ser fiel implica seguir a Cristo constantemente, tanto en los momentos de bendición como en los tiempos de corrección.
La fidelidad se prueba en la adversidad
Es fácil permanecer cerca cuando todo marcha bien. La verdadera lealtad aparece cuando llegan las pruebas.
David vivió esta experiencia. Aunque Saúl lo perseguía para matarlo, tuvo la oportunidad de vengarse y quitarle la vida. Sin embargo, decidió respetar al ungido de Dios.
1 Samuel 26:23-25
«Y Jehová pague a cada uno su justicia y su lealtad; pues Jehová te había entregado hoy en mi mano, más yo no quise extender mi mano contra el ungido de Jehová. Y he aquí, como tu vida ha sido estimada preciosa hoy a mis ojos, así sea mi vida a los ojos de Jehová, y me libre de toda aflicción.»
David comprendió que la fidelidad no depende del comportamiento de los demás, sino del carácter que Dios está formando en nosotros.
Saúl mismo reconoció la integridad de David y declaró:
«Bendito eres tú, hijo mío David; sin duda emprenderás tú cosas grandes, y prevalecerás.» (1 Samuel 26:25)
A partir de ese momento, sus caminos se separaron. Saúl murió en batalla, mientras David fue establecido como rey de Israel.
Dios muchas veces permite que veamos las debilidades de otros, no para criticarlos, sino para probar nuestro propio corazón. El error de un líder nunca justifica nuestra deslealtad.
Hoy no se hiere con una lanza; muchas veces se hiere con palabras, murmuraciones, críticas, divisiones o juicios. La deslealtad continúa destruyendo familias, iglesias y relaciones. Por eso debemos guardar nuestro corazón.
Fiel en lo poco, en lo injusto y en lo ajeno
Jesús enseñó un principio que sigue siendo vigente para todos los creyentes.
Lucas 16:10-12
«El que es fiel en lo muy poco, también en lo más es fiel; y el que en lo muy poco es injusto, también en lo más es injusto. Pues si en las riquezas injustas no fuisteis fieles, ¿quién os confiará lo verdadero? Y si en lo ajeno no fuisteis fieles, ¿quién os dará lo que es vuestro?»
En este pasaje encontramos tres áreas donde Dios prueba nuestra fidelidad.
La primera es en lo muy poco. Muchas personas esperan grandes responsabilidades, pero descuidan las pequeñas. Sin embargo, el camino hacia la abundancia comienza siendo fiel en aquello que parece insignificante.
La segunda es en lo injusto. La fidelidad se demuestra cuando las circunstancias parecen desfavorables. David permaneció leal a Saúl, aun cuando era perseguido por él. Aarón y María, en cambio, murmuraron contra Moisés y fueron reprendidos por Dios.
La tercera es en lo ajeno. Quien aprende a cuidar lo que pertenece a otro demuestra que está preparado para administrar lo suyo. Jacob prosperó mientras cuidaba el rebaño de Labán. Adán, por el contrario, perdió el Edén cuando tomó aquello que Dios no le había autorizado.
La fidelidad también se refleja en nuestras palabras
Ser obediente no siempre significa ser fiel. La fidelidad permanece incluso cuando la autoridad no está presente.
Muchas faltas comienzan en lo secreto: el chisme, la murmuración, la crítica o la desobediencia.
La Escritura dice:
Proverbios 11:13
«El que anda en chismes descubre el secreto; mas el de espíritu fiel lo guarda todo.»
Cuando existe un problema, el camino correcto no es la murmuración, sino acudir a la autoridad correspondiente.
También leemos:
Proverbios 13:17
«Mas el mensajero fiel acarrea salud.»
Las palabras de una persona fiel edifican, restauran y producen paz.
Reflexión final
Dios permanece fiel aun cuando nosotros fallamos. Él nunca cambia su carácter y nos invita a reflejar esa misma fidelidad en nuestra vida diaria.
Ser leal puede tener un costo, pero el precio de la deslealtad siempre será mucho mayor.
La Biblia nos presenta ejemplos claros. Satanás, Caín, Judas, Ananías y Safira dejaron un legado de infidelidad y sus consecuencias fueron dolorosas. En cambio, Abraham, Moisés, Josué, Eliseo, David, Pablo y, sobre todo, nuestro Señor Jesucristo, nos muestran que la fidelidad siempre encuentra recompensa en Dios.
Esforcémonos por ser personas leales y honorables, que permanezcan firmes en cualquier circunstancia. Dios se rodea de fidelidad, y quien decide caminar en ese camino descubrirá que Él jamás lo abandonará.