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Todos anhelamos la bendición de Dios. En algún momento nos hemos preguntado cómo alcanzarla o por qué, mientras algunos parecen prosperar sin buscar al Señor de la misma manera, nosotros seguimos esperando. La Escritura nos muestra que la verdadera bendición no comienza con lo que Dios da, sino con el lugar que Él ocupa en nuestro corazón.
En 2 Samuel 6:1-13 encontramos un relato que nos ayuda a descubrir este principio. En el Antiguo Testamento, el Arca del Pacto representaba la presencia de Dios entre su pueblo. No era como hoy, cuando por medio de Jesucristo podemos disfrutar de la presencia del Espíritu Santo en cualquier lugar donde le buscamos. Jesús mismo dijo que convenía que Él se fuera para enviar al Consolador, quien estaría con nosotros siempre.
El relato nos dice que el rey David trasladaba el Arca, pero durante el camino Uza extendió su mano para sostenerla y murió. A primera vista puede parecer una reacción difícil de comprender, pero el problema no fue la intención, sino la desobediencia. Dios había establecido que el Arca debía ser llevada únicamente por los sacerdotes y levitas, conforme a Números 4:5, y no sobre un carro. Aquella experiencia nos recuerda que no todo lo que parece correcto delante de los hombres lo es delante de Dios.
Después de este acontecimiento, David decidió dejar el Arca en la casa de Obed-edom. Y fue allí donde ocurrió algo extraordinario: la presencia de Dios llenó ese hogar y, con ella, llegó también la bendición.
El gozo de servir
La historia de Obed-edom se entiende mejor al compararla con otra que aparece en 1 Samuel 7:1-2:
«Vinieron los de Quiriat-jearim y llevaron el arca de Jehová, y la pusieron en casa de Abinadab, situada en el collado; y santificaron a Eleazar su hijo para que guardase el arca de Jehová. Desde el día que llegó el arca a Quiriat-jearim pasaron muchos días, veinte años; y toda la casa de Israel lamentaba en pos de Jehová.»
Antes de llegar a la casa de Obed-edom, el Arca permaneció durante veinte años en la casa de Abinadab. Sin embargo, la Biblia no registra la misma bendición allí. Más bien, Israel vivía en lamento.
La diferencia entre ambos hombres no fue el tiempo que tuvieron el Arca, sino la actitud con la que recibieron la presencia de Dios.
Obed-edom valoró la presencia del Señor desde el primer momento. No preguntó qué recibiría a cambio ni cuánto le pagarían por cuidar el mayor tesoro de Israel. Simplemente abrió su casa y su corazón.
Muchas veces nosotros también buscamos a Dios únicamente cuando necesitamos un milagro o una respuesta urgente. Pero el Señor no desea ser solamente nuestra solución en tiempos difíciles; desea ser el centro de nuestra vida todos los días.
Buscar primero Su presencia
David deseaba la bendición, pero comprendió que esta solo podía disfrutarse respetando la presencia de Dios.
Nosotros también debemos aprender este principio: primero buscamos al Señor, y luego disfrutamos de lo que Él añade.
No debemos acercarnos únicamente para pedir provisión, salud o soluciones. Debemos acercarnos porque anhelamos conocerlo, escuchar su voz y permanecer en comunión con Él.
Una esposa se sentiría utilizada si su esposo solo la buscara cuando tiene hambre o necesita algo. En cambio, se sentiría amada si constantemente recibe palabras de cariño, atención y tiempo de calidad. De la misma manera, Dios desea una relación de amor y no una relación basada únicamente en nuestras necesidades.
Una buena pregunta para examinarnos es:
¿Cuánto tiempo dedico a buscar la presencia de Dios simplemente porque lo amo y deseo estar con Él?
Más que promesas
Los nombres que aparecen en esta historia también nos enseñan importantes lecciones.
Abinadab significa «mi padre es noble» o «padre de una promesa». Esto nos recuerda que no basta con conocer las promesas de Dios. Podemos tenerlas presentes y, aun así, vivir en lamento si nuestra actitud no cambia.
Uza significa «esfuerzo propio». Su historia nos enseña que la bendición de Dios no se obtiene únicamente mediante nuestras fuerzas o capacidades.
Obed-edom, por su parte, significa «el que sirve». Su nombre refleja exactamente la actitud que agrada al Señor: un corazón dispuesto a servir.
Un hombre apasionado por Dios
La actitud de Obed-edom no fue producto de la casualidad.
En 1 Crónicas 15:21 encontramos que participaba activamente en la alabanza:
«Matatías, Elifelehu, Micnías, Obed-edom, Jeiel y Azazías tenían arpas afinadas en la octava para dirigir.»
Siempre estaba dispuesto para servir. No esperaba ser reconocido; simplemente quería estar cerca de la presencia de Dios.
Más adelante, 1 Crónicas 16:37-39 muestra cómo también involucró a toda su familia en el servicio del templo. Su pasión por Dios inspiró a otros.
La presencia del Señor no solo transformó su vida; también alcanzó a su hogar.
Una actitud que atrae la bendición
Servir a Dios no siempre significa ocupar un lugar visible. Muchas veces implica abrir las puertas de nuestro hogar, ayudar a alguien, colaborar en la iglesia, visitar a un enfermo, participar con alegría o simplemente estar disponibles cuando Dios nos llama.
Cada oportunidad de servir es también una oportunidad para demostrar cuánto valoramos Su presencia.
No debemos permitir que el cansancio, la crítica o la falta de reconocimiento apaguen nuestro deseo de servir. Cuando el corazón ama la presencia de Dios, el servicio deja de ser una obligación y se convierte en un privilegio.
La clave de la bendición
La historia de Obed-edom nos enseña que la bendición no comienza con las promesas ni con nuestros esfuerzos, sino con una relación profunda con Dios.
Cuando amamos Su presencia, disfrutamos servirle y hacemos de Él el centro de nuestra vida, la bendición llega como consecuencia natural.
Jesús mismo enseñó este principio:
«Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas.»
La verdadera bendición consiste en enamorarnos de la presencia del Señor. Todo lo demás llegará en el tiempo perfecto de Dios.
Que nuestro mayor anhelo no sea solamente recibir de Él, sino caminar cada día a su lado. Cuando Su presencia ocupa el primer lugar en nuestro corazón, descubrimos que la mayor bendición siempre ha sido Él.
Si lo deseas, puedo seguir adaptando las demás enseñanzas con este mismo formato, de manera que todas formen una colección uniforme de lecturas devocionales.