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Los israelitas hicieron lo malo ante los ojos del Señor, y él los entregó en manos de los madianitas durante siete años. Era tal la tiranía de los madianitas que los israelitas se hacían escondites en las montañas, las cuevas y otros lugares de refugio. Siempre que los israelitas sembraban, los madianitas, amalecitas y otros pueblos del oriente venían y los atacaban. Acampaban en el territorio y arruinaban las cosechas por toda la región de Gaza. No dejaban en Israel nada con vida: ni ovejas, ni bueyes ni asnos. Llegaban con su ganado y con sus tiendas de campaña como plaga de langostas. Tanto ellos como sus camellos eran incontables e invadían el país para devastarlo.
El país de Israel quedó reducido a la miseria por causa de los madianitas, y clamaron al Señor pidiendo ayuda. Cuando los israelitas clamaron al Señor a causa de los madianitas, el Señor les envió un profeta que dijo:
«Así dice el Señor, Dios de Israel: “Yo los saqué de Egipto, tierra de esclavitud, y yo los libré de su poder. También los libré del poder de todos sus opresores, a quienes expulsé de la presencia de ustedes para entregarles su tierra. Les dije: ‘Yo soy el Señor su Dios; no adoren a los dioses de los amorreos, en cuya tierra viven’. Pero ustedes no me obedecieron”».
El ángel del Señor vino y se sentó bajo la encina que estaba en Ofra, la cual pertenecía a Joás, del clan de Abiezer. Su hijo Gedeón estaba trillando trigo en un lagar para protegerlo de los madianitas. Cuando el ángel del Señor se le apareció, le dijo: «El Señor está contigo, valiente guerrero». (Jueces 6:1–12, NVI)
Cuando clamaron a Dios, es decir, cuando se humillaron en pedir Su ayuda y reconocer que no podían más con sus fuerzas, se pusieron en común acuerdo para pedir a Dios ayuda. Dice el Salmo 34:4 NVI: «Busqué al Señor y él me respondió; me libró de todos mis temores».
En el versículo 12 vemos que Dios ya veía a Gedeón como un “valiente guerrero”. Porque Él nos diseñó, sabe de qué eres capaz, cuáles son tus debilidades, pero también tus fortalezas; sabe lo que puedes lograr si tan solo confías en Él.
Pero había un contexto en la vida de Gedeón, y todos tenemos un contexto: dónde nacimos, dónde crecimos, las cosas que hicimos, la preparación que tuvimos, las necesidades que pasamos. Todo eso genera paradigmas, formas de pensamiento y límites que nos dictan hasta dónde podemos llegar según nuestro criterio y el criterio del mundo.
Gedeón no fue la excepción. Su queja fue: «¿Con qué salvaré yo a Israel? Mi familia es pobre en Manasés, y yo soy el menor en la casa de mi padre».
Y a nosotros nos pasa lo mismo muchas veces. Nos detenemos a estudiar porque dicen que es difícil o porque creemos que no podremos pagarlo. No iniciamos una empresa porque hay que pagar muchos impuestos y pensamos que puede salir mal. No viajamos porque creemos que es para ricos. No hablamos porque nunca lo hemos hecho. Decimos: “No sirvo para eso”. ¿Quién te dijo todo eso? Tú mismo.
Conclusión
A veces fallaste una vez, se burlaron de ti, sentiste vergüenza y el momento fue incómodo. No quieres volver a pasar por eso. Pero eso no significa que seas malo para eso; solo te equivocaste por falta de experiencia, falta de conocimiento, falta de capital, falta de apoyo… quizá alguien te estafó y por eso no tenías recursos.
Antes de vencer a 135 mil hombres (Jueces 8:10), Gedeón tuvo que vencer un pensamiento: «No puedo» (Jueces 6:8).
Dice Salmo 56:3–4 TLA: «Cuando siento miedo, confío en ti, mi Dios, y te alabo por tus promesas; confío en ti, mi Dios, y ya no siento miedo. ¡Nadie podrá hacerme daño jamás!»