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La buena comunicación
La buena comunicación nos permite compartir lo que pensamos y sentimos, comprender a los demás y construir relaciones sanas. Comunicarnos bien requiere expresar nuestras ideas con claridad y prestar atención a lo que la otra persona quiere decirnos. Es necesaria para cuidar nuestras relaciones. En la familia, el trabajo y la iglesia habrá diferencias, situaciones que nos incomoden y palabras que puedan herirnos. La manera en que respondemos puede acercarnos o levantar una distancia difícil de superar. Por eso necesitamos aprender a hablar con claridad, escuchar con disposición y resolver los conflictos sin perder el respeto por los demás.
1 Samuel 24 versículos 9 al 11 · Reina Valera 1909
9 Y dijo David a Saúl: ¿Por qué oyes las palabras de los que dicen: Mira que David procura tu mal? 10 He aquí han visto hoy tus ojos cómo Jehová te ha puesto hoy en mis manos en la cueva; y me dijeron que te matase, pero te perdoné, porque dije: No extenderé mi mano contra mi señor, porque es el ungido de Jehová. 11 Y mira, padre mío, mira la orilla de tu manto en mi mano; porque yo corté la orilla de tu manto, y no te maté. Conoce, pues, y ve que no hay mal ni traición en mi mano, ni he pecado contra ti; sin embargo, tú andas a caza de mi vida para quitármela.
David quería comprender por qué Saúl escuchaba a quienes le decían que él procuraba hacerle daño. Tenía una prueba concreta de sus intenciones: había podido quitarle la vida en la cueva y había decidido perdonarlo. La orilla del manto que llevaba en la mano mostraba que sus palabras estaban respaldadas por sus acciones.
La inseguridad puede llevarnos a interpretar las acciones de otros como una amenaza y a dar por ciertas cosas que no hemos aclarado. Cuando eso ocurre, dejamos de escuchar a la persona y empezamos a responder a nuestras propias sospechas. Antes de sacar conclusiones, necesitamos conversar y conocer lo que realmente sucedió.
David habló del problema sin perder el respeto por la autoridad de Saúl. No ocultó la injusticia que estaba viviendo, pero tampoco se dejó arrastrar por quienes lo animaban a hacer daño. Su ejemplo nos enseña a expresar lo que nos preocupa y procurar ser comprendidos, conservando la honra hacia la otra persona. Podemos hablar con firmeza sin humillar y señalar un error sin convertir la conversación en una agresión.
Lucas 6:29
29 Al que te hiera en una mejilla, preséntale también la otra; y al que te quite la capa, ni aun la túnica le niegues.
Hay una diferencia entre confrontar un problema y tomar represalias. La represalia busca devolver el daño recibido. La confrontación que procura restaurar busca aclarar lo ocurrido y detener aquello que está afectando la relación. Jesús nos llama a renunciar a la venganza; eso también debe reflejarse en nuestra manera de hablar.
Pensemos en alguien que está detrás de nosotros y nos da pequeñas patadas en los pies. Tomar represalias sería volvernos y devolverle la patada. Hablar para resolverlo sería decir: «Tal vez no te has dado cuenta, pero me estás dando patadas y me estás lastimando. Por favor, deja de hacerlo». Al expresarnos así, damos a la persona la oportunidad de explicar lo sucedido y corregirlo, sin atribuirle de inmediato una mala intención.
Lucas 17:3 TLA
Así que, ¡tengan cuidado con lo que hacen! »Si tu amigo te hace algo malo, llámale la atención. Si te pide perdón, perdónalo.
Jesús nos enseña que podemos llamar la atención sobre una falta y estar dispuestos a perdonar. En el ejemplo anterior, reprender sería pedir que cesen las patadas. Guardar silencio mientras crece el resentimiento no resuelve el problema. Hablar con respeto permite que la otra persona sepa lo que está pasando y tenga la oportunidad de cambiar.
También necesitamos disposición para escuchar. Una conversación puede mostrarnos algo que no habíamos entendido o un error que nosotros mismos debemos reconocer. La buena comunicación abre espacio para que ambas partes revisen su conducta y busquen una solución.
Lucas 17:1
Dijo Jesús a sus discípulos: Imposible es que no vengan tropiezos; mas ¡ay de aquel por quien vienen!
Dios no nos creó para ser copias unos de otros. Tenemos experiencias, maneras de pensar y sensibilidades distintas. En cualquier relación personal, laboral o espiritual surgirán asuntos difíciles. La advertencia de Jesús nos recuerda que los tropiezos existen y que debemos cuidar tanto nuestra respuesta como el efecto de nuestras acciones sobre los demás.
John Bevere, en su libro La trampa de Satanás, distingue entre quienes han recibido un trato injusto y quienes creen haberlo recibido. Esa distinción nos invita a revisar lo sucedido con honestidad. El dolor merece atención, pero nuestra primera interpretación puede necesitar ser aclarada antes de convertirse en una acusación.
Una ofensa puede abrir una brecha que, si no se atiende, termine separando a las personas. El resentimiento nos encierra en lo que sentimos y dificulta escuchar. Así, una relación que antes era cercana puede quedar marcada por la distancia y la desconfianza. Por eso debemos dar pasos para resolver lo ocurrido y no permitir que la ofensa gobierne nuestras decisiones.
Muchas personas evitan las conversaciones difíciles porque temen dañar la relación. Sin embargo, posponerlas no siempre protege el vínculo; a veces permite que el problema crezca. Necesitamos aprender a hablar directamente, explicar lo que nos ha afectado y escuchar sin atacar. La confrontación eficaz requiere encontrarnos para resolver un asunto, con una disposición sincera hacia la paz.
Comunicar es intercambiar información, ideas, pensamientos y sentimientos. No basta con pronunciar palabras: también necesitamos comprendernos. Cuando escuchamos, preguntamos y expresamos con claridad lo que necesitamos, podemos trabajar juntos y cuidar la unidad.
Salmos 133 versículos 1 y 3 · Reina Valera 1909
¡Mirad cuán bueno y cuán delicioso es habitar los hermanos juntos en armonía!; Porque allí envía Jehová bendición, Y vida eterna.
La unidad tiene un gran valor delante de Dios. Vivir en armonía no significa pensar igual en todo, sino aprender a caminar juntos y cuidar nuestras relaciones aun cuando haya diferencias. Esa armonía necesita atención, humildad y conversaciones que nos ayuden a comprendernos.
La torre de Babel muestra la fuerza que puede alcanzar un pueblo cuando comparte un propósito y puede comunicarse. Aunque aquel proyecto no agradaba a Dios, sus constructores lograban avanzar mientras se entendían.
Génesis 11:6-8
Y dijo Jehová: He aquí el pueblo es uno, y todos estos tienen un solo lenguaje; y han comenzado la obra, y nada les hará desistir ahora de lo que han pensado hacer. 7 Ahora, pues, descendamos, y confundamos allí su lengua, para que ninguno entienda el habla de su compañero. 8 Así los esparció Jehová desde allí sobre la faz de toda la tierra, y dejaron de edificar la ciudad.
Cuando dejaron de entenderse, también dejaron de construir. Este relato nos ayuda a comprender cuánto depende una obra compartida de la comunicación. Un matrimonio, una iglesia o un negocio necesitan que las personas puedan escucharse, aclarar sus diferencias y ponerse de acuerdo. Si cerramos la puerta a la comunicación, dificultamos aquello que queremos edificar.
Efesios 4:9
Solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz;
Guardar la unidad exige diligencia. Debemos mantener abierta la comunicación incluso cuando aparecen conflictos. Eso incluye buscar el momento adecuado para hablar, cuidar nuestras palabras y recordar que la relación vale más que el deseo de tener la última palabra.
Podemos ilustrar la fuerza del trabajo conjunto con una mano: cada dedo cumple una función, pero juntos pueden hacer cosas que uno solo no lograría. De la misma manera, cuando compartimos un propósito y colaboramos, nuestras capacidades se complementan.
Deuteronomio 32:30
¿Cómo podría perseguir uno a mil, y dos harían huir a diez mil, si su Roca no los hubiese vendido, y Jehová no los hubiera entregado?
La imagen de uno frente a mil y de dos frente a diez mil ha sido usada para hablar de la fuerza de actuar juntos. En su contexto, el versículo advierte a Israel sobre la derrota y reconoce que lo ocurrido depende de Dios. Al aplicarlo a nuestra vida, recordemos que la unidad debe ir acompañada de obediencia al Señor; no es una fórmula que garantice resultados por el simple hecho de unirnos.
La división debilita las relaciones y puede frenar lo que estamos construyendo. Por eso no debemos alimentar las sospechas, el orgullo o el resentimiento. Cuando hay un problema, necesitamos acercarnos con verdad y respeto, dispuestos a reconocer nuestra parte y a buscar la restauración.
Romanos 12:18
Si se puede hacer, cuanto está en vosotros, tened paz con todos los hombres.
No podemos decidir cómo responderá la otra persona, pero sí podemos asumir la responsabilidad de nuestras palabras y acciones. Podemos dejar de devolver el daño, hablar con honestidad, escuchar y pedir perdón cuando corresponda. Buscar la paz requiere hacer la parte que está en nuestras manos.
La buena comunicación se aprende y se practica en las conversaciones de cada día. Sigamos el ejemplo de David: digamos la verdad sin perder el respeto. Atendamos la enseñanza de Jesús: señalemos la falta sin buscar venganza y mantengamos un corazón dispuesto a perdonar. Cuidemos la unidad con la diligencia que pide la Palabra, para que nuestras diferencias puedan resolverse y nuestras relaciones sigan creciendo.
Mantengamos abierta la puerta de la comunicación en nuestra familia, en el trabajo y en la iglesia. Hablemos con claridad y respeto, preguntemos antes de suponer y escuchemos para comprender. Cuando surja una diferencia, demos lugar a una conversación que permita aclararla. Cada vez que aprendemos a comunicarnos mejor, también aprendemos a vivir y a edificar juntos.