Horario de servicios: Domingos 07:00 A.M. - 9:00 A.M. - 11:00 A.M. Martes 7:30 P.M.


Los límites en las diferentes áreas de nuestra vida no siempre son bien recibidos. A veces nos incomodan porque sentimos que restringen nuestra libertad, pero muchos de ellos existen para protegernos. Cuando se limita el ingreso de los niños a determinadas áreas de un hospital, se busca evitar que estén expuestos a virus o enfermedades contra los cuales todavía no han desarrollado defensas. Un semáforo en rojo nos protege de cruzarnos con otro conductor y sufrir un accidente.
Lo mismo sucede con los límites de velocidad, aunque sean de los menos respetados. Nos ayudan a mantener el control del vehículo y a detenernos a tiempo cuando aparece una persona, un animal o algún obstáculo en el camino. También reducen el riesgo ante una llanta que explota o una pieza que falla. Aunque no siempre entendamos su importancia, un límite puede evitar una tragedia.
En nuestra vida espiritual también hay límites que nos protegen. El encuentro de Jesús con el joven rico nos permite comprenderlo.
Lucas 18:18–23 — Reina-Valera 1960
Un hombre principal le preguntó, diciendo: Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?
Jesús le dijo: ¿Por qué me llamas bueno? Ninguno hay bueno, sino sólo Dios.
Los mandamientos sabes: No adulterarás; no matarás; no hurtarás; no dirás falso testimonio; honra a tu padre y a tu madre.
Él dijo: Todo esto lo he guardado desde mi juventud.
Jesús, oyendo esto, le dijo: Aún te falta una cosa: vende todo lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven, sígueme.
Entonces él, oyendo esto, se puso muy triste, porque era muy rico.
Podemos imaginar que Jesús también se entristeció al ver la decisión de aquel hombre. Sin embargo, no iba a cambiar lo que le había pedido solamente para evitar que se marchara triste. Jesús lo estaba llamando a reconocer aquello que ocupaba el primer lugar en su corazón.
Entre los mandamientos que Jesús mencionó no aparece el décimo: «No codiciarás». La petición que vino después dejó al descubierto el verdadero problema del hombre: sus riquezas se habían convertido en un ídolo. Había cumplido muchos mandamientos, pero todavía existía algo que no estaba dispuesto a rendirle a Dios.
Seguir a Cristo exige ordenar nuestras prioridades, incluyendo las materiales. No todos los cristianos están llamados a vender absolutamente todo lo que poseen, pero todos estamos llamados a no colocar ningún ídolo por encima de Jesús. En la mentalidad de muchos de aquella época, la riqueza se consideraba una señal de la bendición de Dios. Sin embargo, Jesús mostró que también podía convertirse en un obstáculo para entrar en su Reino cuando dominaba el corazón.
Pensemos por un momento en las cualidades de aquel hombre. Era una persona de autoridad, con valores morales elevados. Según sus propias palabras, había guardado los mandamientos desde su juventud. Le preocupaban su vida espiritual y su destino eterno; por eso se acercó a Jesús para preguntarle qué debía hacer.
Su interés lo llevó a buscar al Señor, aun cuando seguir a Jesús podía provocar el rechazo de otros dirigentes. Había aspectos valiosos en su carácter y una preocupación real por su relación con Dios. Sin embargo, cuando Jesús tocó aquello a lo que estaba más aferrado, no estuvo dispuesto a entregarlo.
Había una cosa que lo mantenía atado: sus riquezas. Jesús no iba a negociar ese lugar en su corazón. El hombre quería la vida eterna, pero no estaba dispuesto a soltar aquello que le impedía seguir al Señor.
¿Cómo sería el cristianismo si Jesús hubiera estado dispuesto a llegar a un acuerdo? Todos estaríamos intentando negociar nuestros pecados favoritos. Tal vez diríamos: «Por favor, Jesús, haré todo lo que me pidas, pero déjame continuar con mi amante, con mi vicio del juego o con mi amargura». Queremos obedecer, pero muchas veces ponemos condiciones cuando se trata de aquello que no deseamos abandonar.
Esta reflexión también nos lleva a revisar nuestros propios límites. ¿Somos firmes al establecerlos? ¿Decimos con frecuencia que sí cuando en realidad queremos decir que no? Mantener un límite puede resultar incómodo, pero ceder solamente para evitar el descontento de alguien puede llevarnos a comprometer nuestras convicciones.
Hoy recibimos constantemente mensajes publicitarios que nos invitan a decidir según lo que nos conviene y a prestar cada vez más atención a la apariencia física. Los cristianos también podemos dejarnos llevar por esa manera de pensar. Terminamos dando más valor a la belleza, a las posesiones y a las cosas materiales y temporales que a las cualidades que tienen un valor duradero: la integridad, la amabilidad, la paciencia, la imparcialidad y la fe.
Por eso, vale la pena detenernos y reconocer las cualidades que Dios ha puesto en nosotros. Nuestro valor no se limita a lo que tenemos ni a lo que otros pueden ver. También se expresa en la manera en que tratamos a las personas, en nuestra disposición para dar y en lo que aportamos a la vida de los demás.
Podemos preguntarnos si, en nuestra vida social, tratamos con el mismo respeto a quienes tienen mucho y a quienes tienen poco. Podemos reconocer nuestro deseo de comprender la Biblia, nuestra generosidad y la disposición de compartir aun cuando represente un sacrificio. También podemos valorar una actitud optimista, el sentido del humor y la capacidad de animar a otros.
Hay quienes inspiran y motivan a las personas que desean alcanzar una meta. Otros tienen facilidad para resolver conflictos y ayudar a que haya paz. Haz tu propia lista. Tal vez te sorprenda descubrir cuánto valor hay en las cualidades que has dejado de reconocer en ti.
El mundo no siempre les dará a estas cualidades el valor que merecen. Por eso, vuelve a leer tu lista y da gracias a Dios por los dones que te ha dado. Aprende a reconocerlos y a ponerlos al servicio de los demás.
Al comenzar a establecer límites en tu vida, también debes tener cuidado de no irte al otro extremo y empezar a construir muros. Una de las estrategias de Satanás es llevarnos de un extremo a otro. Podemos pasar de permitirlo todo a volvernos rígidos, juzgar a los demás y caer en una actitud de fariseísmo.
Los límites están pensados para ayudarnos a reconocer hasta dónde podemos llegar y cómo agradar a Dios con nuestra vida. Deben ayudarnos a vivir con obediencia, sin perder el amor hacia las personas. Jesús nos enseñó cuál debe ser el fundamento de nuestra conducta.
Mateo 22:36–39 — Reina-Valera 1960
Maestro, ¿cuál es el gran mandamiento en la ley?
Jesús le dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente.
Este es el primero y grande mandamiento.
Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.
Amar a Dios y amar a nuestro prójimo nos ayuda a establecer límites con el propósito correcto. Necesitamos firmeza para obedecer al Señor y amor para relacionarnos con los demás. Para hacerlo, debemos aprender a confiar en Dios por encima de nuestro propio criterio.
Proverbios 3:5–6 — Reina-Valera 1960
Fíate de Jehová de todo tu corazón,
Y no te apoyes en tu propia prudencia.
Reconócelo en todos tus caminos,
Y él enderezará tus veredas.