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Génesis 18.16-32 nos lleva a una escena profunda y hermosa. Abraham acaba de estar en comunión con el Señor. Los varones se levantan y miran hacia Sodoma, y Abraham camina con ellos, acompañándolos. Entonces aparece una pregunta que revela el corazón de Dios: “¿Encubriré yo a Abraham lo que voy a hacer?” No era una pregunta cualquiera; era la expresión de confianza entre Dios y un hombre que había aprendido a caminar con Él.
Dios no trató a Abraham como a un extraño. Lo trató como a un amigo. Le abrió su corazón, le reveló sus planes y le permitió acercarse en intercesión. Abraham, con reverencia y temor, comenzó a clamar: “Señor, ¿destruirás también al justo con el impío?” Y de cincuenta bajó a cuarenta y cinco, luego a cuarenta, a treinta, a veinte y finalmente a diez. No era una negociación fría; era el clamor de un amigo de Dios que se ponía en la brecha por otros.
Ahora pensemos por un momento: ¿cómo será ser amigo de Dios? Tal vez usted tiene amigos importantes, personas en el gobierno, en alguna empresa, autoridades en la ciudad o gente que puede abrirle una puerta. Pero, hermano, ninguna amistad se compara con esta: ser llamado amigo de Dios. Eso debe ser algo precioso, pero también una gran responsabilidad.
La Biblia dice que Dios expresó: “¿Encubriré yo a Abraham?” En otras palabras: “¿Le voy a ocultar esto a mi amigo?” ¿Por qué?Porque Dios conocía el corazón de Abraham. Más adelante declara: “Porque yo sé”. Dios sabía que Abraham enseñaría a sus hijos y a su casa a guardar el camino de Jehová, haciendo justicia y juicio.
Eso solo nace de la confianza. Dios no solo miraba lo que Abraham hacía en público; Dios conocía lo que había en su corazón, en su casa y en su caminar diario.
Santiago 2.23 confirma esta verdad: “Abraham creyó a Dios, y le fue contado por justicia, y fue llamado amigo de Dios.” Abraham no fue llamado amigo de Dios porque fuera perfecto, sino porque creyó, obedeció y caminó con Dios en fe.
Isaías 41.8 dice: “Pero tú, Israel, siervo mío eres; tú, Jacob, a quien yo escogí, descendencia de Abraham mi amigo.” Qué impresionante es escuchar a Dios llamar a Abraham “mi amigo”. Como si dijera: “Tú vienes de alguien que caminó conmigo, de alguien que tuvo comunión conmigo, de alguien que fue cercano a mi corazón.”
Hechos 13.22 también nos habla de David, de quien Dios dio testimonio diciendo: “He hallado a David hijo de Isaí, varón conforme a mi corazón, quien hará todo lo que yo quiero.” David falló, pecó y tuvo momentos difíciles, pero había algo en él: cuando Dios lo confrontaba, él volvía su corazón al Señor. La amistad con Dios no significa ausencia de errores; significa un corazón dispuesto a volver, obedecer y rendirse delante de Él.
Daniel 9.23 nos muestra otra escena poderosa. Mientras Daniel ora, el cielo responde: “Al principio de tus ruegos fue dada la orden… porque tú eres muy amado.” Daniel era un hombre de oración, un hombre que buscaba a Dios con sinceridad. Y cuando un amigo de Dios ora, el cielo se mueve.
Génesis 5.24 dice de Enoc: “Caminó, pues, Enoc con Dios, y desapareció, porque le llevó Dios.” Enoc no solo creyó en Dios; caminó con Dios. Día tras día, paso a paso, hizo de la presencia de Dios su camino.
Y ahora volvamos a Abraham frente a Sodoma. Él no se quedó indiferente. No dijo: “Ese no es mi problema.” Abraham entendió que la amistad con Dios también trae una carga por las personas. Por eso intercedió. Por eso habló. Por eso se puso delante del Señor. De la misma manera, Dios te ha levantado como intercesor en medio de esta generación, para que te pongas en la brecha por tu familia, por tus hijos, por tu casa, por tu ciudad y por aquellos que están pasando momentos difíciles.
No es solamente la presencia del mal la que anuncia juicio; muchas veces es la ausencia del bien, la ausencia de intercesores, la ausencia de hombres y mujeres que se pongan delante de Dios clamando misericordia.
Hoy el llamado es claro: no seamos amigos del mundo al punto de alejarnos de Dios. Acerquémonos al Señor, caminemos con Él, creamos en Él, obedezcamos su voz y pongámonos en la brecha. Porque los amigos de Dios no solo disfrutan su presencia; también cargan su corazón.