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La historia de Zacarías, narrada en el libro de Evangelio de Lucas capítulo 1, nos muestra a un hombre justo, pero también humano, con luchas internas como cualquiera de nosotros.
En aquel tiempo, el servicio en el templo no era algo que cualquiera pudiera hacer todos los días. Según la costumbre, los sacerdotes echaban suertes, y esto significaba que muchos podían pasar toda su vida sin tener la oportunidad de ministrar. Zacarías fue uno de los pocos a quienes les tocó ese momento único. Era su turno, su tiempo, su oportunidad.
Sin embargo, dentro de ese plan perfecto de Dios, vemos una realidad que también vivimos hoy: a veces Dios nos da algo, pero nuestro corazón no está satisfecho. Él promete bendiciones, ministerios, provisión, pero comenzamos a compararnos. Pensamos: “¿Por qué no tengo más? ¿Por qué no como aquel? ¿Por qué no mejor que ese otro?”
Y así, sin darnos cuenta, dejamos de valorar el lugar que Dios nos ha dado. No entendemos que en el plan de Dios hay tiempos y posiciones: a veces somos primeros, otras veces segundos, pero siempre estamos exactamente donde Él quiere que estemos. El problema es que muchos viven frustrados, no porque Dios no haya bendecido, sino porque no fue “como querían”.
En medio de ese escenario, sucede algo sobrenatural. No fue un sueño ni una imaginación. Fue la visita del ángel Gabriel, el mismo que siglos antes había anunciado cosas importantes, como en el libro de Libro de Daniel, y el mismo que está relacionado con los anuncios divinos más trascendentales.
Gabriel le da una noticia extraordinaria: su oración ha sido escuchada, su esposa tendrá un hijo. Pero la reacción de Zacarías no fue fe, fue duda. No fue incredulidad abierta, sino algo más sutil: en su interior ya había un discurso negativo. Su boca estaba lista para hablar lo imposible, para justificar por qué aquello no podía suceder.
Entonces Dios hace algo fuerte pero necesario: cierra su boca.
No porque Dios quiera castigar, sino porque esa boca, en ese momento, no le servía. Iba a estorbar el milagro. Iba a contradecir la palabra de Dios.
¿Cuántas veces nos ha pasado lo mismo? Dios habla, promete, dirige, pero nosotros comenzamos a hablar todo lo contrario. Damos razones lógicas, argumentos sólidos, explicaciones convincentes… pero completamente opuestas a lo que Dios dijo.
Y aunque suenan coherentes, esas palabras se convierten en un obstáculo.
Zacarías tuvo que pasar un tiempo en silencio. Un tiempo donde no pudo hablar negatividad, donde no pudo contaminar el proceso. Fue un “cállese” divino, hasta que llegara el cumplimiento.
Y cuando finalmente nació el niño, su boca fue abierta nuevamente. Pero ya no era la misma. Ahora estaba alineada con el cielo. Ahora hablaba palabra profética, declarando el cumplimiento de lo que Dios había prometido desde tiempos antiguos, como lo anunciaron profetas como Miqueas, Jeremías y Ezequiel.
La enseñanza es clara: no estorbemos la voluntad de Dios con nuestra propia boca ni con nuestras propias creencias limitantes. Si Él lo dijo, Él lo hará.
Debemos aprender a caminar hacia lo que Dios ha hablado, aunque no lo entendamos completamente, aunque no veamos cómo sucederá.
La fe no es explicar el milagro, es creerlo.
Más adelante, vemos otra escena poderosa. Cuando María llega, ocurre algo sobrenatural: el niño en el vientre salta de alegría. Y se declara una verdad eterna: bienaventurada la que creyó, porque se cumplirá lo que le fue dicho de parte del Señor.
Ahí está la diferencia.
No entre quien escucha y quien no escucha, sino entre quien cree y quien decide hablar lo contrario.
Hoy la pregunta sigue vigente:
¿Hay algún Zacarías aquí?
No para condenación, sino para reflexión.
Si en algún momento hemos dudado, hablado negativamente o limitado lo que Dios quiere hacer, hoy es el día para alinear nuestra boca, nuestra fe y nuestro corazón con su palabra.
Porque lo que Dios dijo…
sí se va a cumplir.