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En el libro de Evangelio de Mateo capítulo 22, Jesús presenta una parábola que revela una verdad profunda sobre el Reino de Dios: la fiesta de bodas.
“Respondiendo Jesús, les volvió a hablar en parábolas, diciendo: El reino de los cielos es semejante a un rey que hizo fiesta de bodas a su hijo; y envió a sus siervos a llamar a los convidados a las bodas; mas éstos no quisieron venir…” (Mateo 22:1-3).
El rey preparó todo, la mesa estaba lista, la celebración dispuesta. Sin embargo, los invitados no eran dignos, no porque no hubieran sido llamados, sino porque despreciaron la invitación.
“Mas ellos, sin hacer caso, se fueron, uno a su labranza, y otro a sus negocios… Entonces dijo a sus siervos: Las bodas a la verdad están preparadas; mas los que fueron convidados no eran dignos.” (Mateo 22:5,8).
Aquí vemos una realidad: muchos son llamados, pero no todos valoran el llamado.
Entonces el rey hace algo inesperado: abre la invitación a todos.
“Id, pues, a las salidas de los caminos, y llamad a las bodas a cuantos halléis… y se llenó la boda de convidados.” (Mateo 22:9-10).
La gracia de Dios alcanza a muchos. La invitación es abierta. Pero la historia no termina ahí.
“Y entró el rey para ver a los convidados, y vio allí a un hombre que no estaba vestido de boda. Y le dijo: Amigo, ¿cómo entraste aquí, sin estar vestido de boda? Mas él enmudeció.” (Mateo 22:11-12).
Este hombre fue invitado, sí. Pero no se preparó. Nadie le dijo exactamente qué hacer, pero él sabía que era una boda. Sabía que debía presentarse de manera adecuada.
Y esto nos confronta: no basta con ser llamados, también debemos estar preparados.
“Entonces el rey dijo a los que servían: Atadle de pies y manos, y echadle en las tinieblas de afuera… Porque muchos son llamados, y pocos escogidos.” (Mateo 22:13-14).
La pregunta es: ¿escogidos para qué?
La respuesta la encontramos en el libro de Apocalipsis:
“Gocémonos y alegrémonos y démosle gloria; porque han llegado las bodas del Cordero, y su esposa se ha preparado. Y a ella se le ha concedido que se vista de lino fino, limpio y resplandeciente; porque el lino fino es las acciones justas de los santos. Y el ángel me dijo: Bienaventurados los que son llamados a la cena de las bodas del Cordero…” (Apocalipsis 19:7-9).
Ser escogidos es ser parte de esa gran celebración eterna. Pero hay una condición: la preparación.
La esposa se ha preparado. Se le ha concedido vestirse de lino fino, que representa las acciones justas.
Por eso la advertencia es clara:
“He aquí, yo vengo como ladrón. Bienaventurado el que vela, y guarda sus ropas, para que no ande desnudo, y vean su vergüenza.” (Apocalipsis 16:15).
Guardar las ropas habla de cuidar nuestra vida, nuestra santidad, nuestra relación con Dios.
También se nos dice:
“Acuérdate, pues, de lo que has recibido y oído; y guárdalo, y arrepiéntete… Pero tienes unas pocas personas… que no han manchado sus vestiduras; y andarán conmigo en vestiduras blancas, porque son dignas. El que venciere será vestido de vestiduras blancas; y no borraré su nombre del libro de la vida…” (Apocalipsis 3:3-5).
Las vestiduras blancas no son automáticas, son el resultado de una vida que vence, que persevera, que se mantiene fiel.
Y esa preparación no es superficial, es un cambio profundo, como lo enseña el libro de Epístola a los Efesios:
“En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre… y renovaos en el espíritu de vuestra mente, y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad.” (Efesios 4:22-24).
Esto implica decisiones diarias:
“Desechando la mentira, hablad verdad… Airaos, pero no pequéis… El que hurtaba, no hurte más… Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca…” (Efesios 4:25-29).
Y continúa:
“No contristéis al Espíritu Santo… Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira… Antes sed benignos… perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó en Cristo.” (Efesios 4:30-32).
Todo esto forma parte de las vestiduras. No es apariencia externa, es transformación interna.