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Hay momentos en la vida donde pareciera que la paz desaparece. Problemas familiares, situaciones económicas, conflictos en el trabajo o luchas internas pueden robarnos por un momento la tranquilidad. En medio de esas temporadas llegamos a pensar que Dios se ha alejado, que ya no escucha nuestras oraciones o que hemos perdido el control de todo lo que sucede.
Pero aun en medio de la tormenta, Dios sigue siendo el mismo. Él nunca abandona a sus hijos. La Biblia nos recuerda que Jesús fue enviado precisamente para traer paz al corazón del hombre.
El profeta Isaías anunció esta verdad más de 700 años antes del nacimiento de Cristo:
“Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de Paz.”
— Isaías 9:6
Jesús no solamente vino a salvarnos del pecado; también vino a llenar nuestro corazón de una paz sobrenatural. Una paz que el mundo no puede dar y que las circunstancias no pueden quitar.
Por eso Filipenses 4:7 declara:
“Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús.”
La paz de Dios no siempre significa ausencia de problemas. Significa tener calma aun cuando alrededor todo parece desordenado. Es una paz que no se puede explicar humanamente, porque viene directamente de Dios.
Sin embargo, la Palabra también nos enseña que hay una condición para vivir en esa paz. Proverbios 3:1-2 dice:
“Hijo mío, no te olvides de mi ley, y tu corazón guarde mis mandamientos; porque largura de días y años de vida y paz te aumentarán.”
La paz aumenta cuando guardamos sus mandamientos. Cuando nuestro corazón decide obedecer a Dios, comenzamos a experimentar tranquilidad, dirección y confianza. Muchas veces queremos paz sin obediencia, pero la verdadera paz nace de una vida rendida al Señor.
Romanos 8:6 también enseña:
“Porque el ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz.”
Cuando una persona vive solamente guiada por sus deseos, emociones o impulsos, termina vacía y sin tranquilidad. Pero cuando decide buscar al Espíritu Santo, el resultado siempre será vida y paz.
Gálatas 5:19-26 describe claramente las obras de la carne: pleitos, celos, enojo, divisiones, envidia y malos deseos. Todo eso destruye la paz interior. Pero también muestra el fruto del Espíritu:
“En cambio, el Espíritu de Dios nos hace amar a los demás, estar siempre alegres y vivir en paz con todos…”
La paz es evidencia de una vida guiada por el Espíritu Santo.
El Salmo 119:165 dice:
“Mucha paz tienen los que aman tu ley, y no hay para ellos tropiezo.”
Y en Isaías 26:3 encontramos una promesa poderosa:
“Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera; porque en ti ha confiado.”
La pregunta es: ¿Dónde está nuestro pensamiento?
Porque aquello en lo que más pensamos es aquello en lo que más confiamos.
Si nuestra mente está llena de temor, ansiedad y preocupación, perderemos la paz. Pero si perseveramos pensando en Dios, en sus promesas y en su fidelidad, entonces nuestro corazón descansará.
Por eso, cuando:
entonces se vuelve realidad esta declaración del Salmo 4:8:
“En paz me acostaré, y asimismo dormiré; porque solo tú, Jehová, me haces vivir confiado.”
La paz de Dios sigue disponible hoy. No depende de las circunstancias, depende de nuestra relación con Él. Tal vez el mundo alrededor esté lleno de caos, pero quien permanece en Cristo puede vivir con una paz inexplicable.
Y esa paz, como dice Filipenses 4:7:
“Guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús.”