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Una de las preguntas que con mayor frecuencia hacemos al Señor es: ¿Cuál es tu voluntad para mi vida?
Sin embargo, muchas veces esa pregunta nace con una condición escondida en nuestro corazón. Queremos conocer la voluntad de Dios, pero esperamos que coincida con nuestros propios deseos. En el fondo, buscamos que nuestros planes sean aprobados por Él, cuando en realidad somos nosotros quienes debemos rendirnos a sus planes.
El verdadero compromiso con Dios comienza cuando dejamos de pedirle que bendiga nuestra voluntad y decidimos abrazar la suya.
Por eso la Escritura nos exhorta en Santiago 4:7:
«Someteos, pues, a Dios…»
La palabra someter implica rendir nuestra voluntad, nuestros pensamientos y nuestros deseos al Señor. No se trata de una obediencia forzada, sino de una entrega voluntaria motivada por el amor.
Esa misma invitación aparece en Romanos 12:1:
«Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional.»
La Traducción en Lenguaje Actual lo expresa de una manera muy práctica:
«Por eso, hermanos míos, ya que Dios es tan bueno con ustedes, les ruego que dediquen toda su vida a servirle y a hacer todo lo que a él le agrada. Así es como se le debe adorar.»
(Romanos 12:1, TLA)
Dios no busca momentos aislados de entusiasmo. Él anhela una vida completamente entregada.
Con frecuencia, después de un culto donde el Señor habla profundamente a nuestro corazón, salimos llenos de ánimo. Sentimos que podríamos enfrentar cualquier batalla, servir donde Él nos envíe e incluso entregar nuestra vida por la causa de Cristo.
Pero pasan unas horas, o quizá unos días, y ese fervor comienza a disminuir.
¿Por qué sucede esto?
Porque muchas veces nuestra relación con Dios ha descansado más sobre las emociones que sobre el compromiso.
Las emociones son un regalo de Dios, pero son pasajeras.
El compromiso, en cambio, permanece aun cuando ya no sentimos lo mismo.
Servimos al Señor no porque siempre sintamos entusiasmo, sino porque hemos decidido pertenecerle.
También sucede que queremos servir a Dios desde nuestra propia perspectiva.
Soñamos con predicar en grandes escenarios o viajar a otras naciones anunciando el evangelio.
Sin embargo, el Señor muchas veces comienza preguntándonos si estamos dispuestos a hablarle de Él a nuestros vecinos, a nuestros compañeros de trabajo o a predicar con el testimonio de una vida obediente.
Dios siempre prueba nuestra fidelidad en lo pequeño antes de confiarnos cosas mayores.
La vida de Saúl nos deja una enseñanza muy clara.
En 1 Samuel 15:1-3, Dios le dio instrucciones precisas. Saúl había sido escogido para gobernar a Israel y, en un principio, mostró disposición para seguir al Señor.
Pero llegó el momento en que sus propios intereses comenzaron a ocupar el primer lugar.
Empezó a confiar más en su capacidad que en Dios.
Pensó que sus logros eran el resultado de su fuerza y de sus talentos.
Y cuando tuvo que escoger entre obedecer completamente al Señor o preservar aquello que él consideraba valioso, decidió seguir su propio criterio.
Fue precisamente allí donde comenzó a perder el reino.
La autosuficiencia terminó reemplazando la dependencia de Dios.
Muy diferente fue la historia de David.
En 1 Samuel 16:1-13, encontramos a un joven pastor de ovejas.
A los ojos de su familia parecía el menos importante.
Ni siquiera fue llamado cuando Samuel llegó para ungir al futuro rey.
Era un muchacho sencillo, probablemente con una apariencia poco convencional para la época. Tal vez algunos lo consideraban extraño, diferente a los demás.
Pero mientras otros solo veían a un pastor, Dios veía un corazón completamente rendido.
David había aprendido a depender del Señor en la soledad del campo.
Su ministerio comenzó mucho antes de llegar al palacio.
Entre las ovejas aprendió a adorar.
Entre las ovejas aprendió a servir.
Entre las ovejas aprendió a confiar en Dios.
Muchos poseen talentos, dones y llamados extraordinarios, pero no están dispuestos a asumir un compromiso verdadero con el Señor.
David entendió que servir a Dios no era una obligación, sino su mayor deleite.
Y aunque después de haber sido ungido tuvo que esperar aproximadamente trece años antes de ocupar el trono, nunca abandonó el camino.
Pudo soportar la espera porque lo sostenía un compromiso, no una emoción.
Las emociones cambian.
El compromiso permanece.
Vale la pena preguntarnos qué habría sucedido si algunos hombres de la Biblia hubieran decidido actuar únicamente conforme a sus preferencias.
¿Qué habría pasado si Noé hubiera respondido: «Yo no construyo barcos»?
¿Qué habría ocurrido si José hubiera decidido vengarse de sus hermanos en lugar de perdonarlos y protegerlos durante la hambruna?
¿Y qué sería de nosotros si Jesús hubiera rechazado la cruz?
La historia de la salvación está llena de personas que decidieron obedecer aun cuando el camino no era fácil.
Más adelante, en 1 Samuel 16:18, encontramos una descripción muy hermosa del carácter de David:
«He aquí he visto a un hijo de Isaí de Belén, que sabe tocar, y es valiente y vigoroso, y hombre de guerra, prudente en sus palabras, y hermoso, y Jehová está con él.»
Este pasaje revela varias cualidades que distinguen a un verdadero adorador.
David sabía tocar; Dios le había dado dones.
Era valiente y vigoroso; tenía carácter.
Era hombre de guerra; era una persona determinada.
Era prudente en sus palabras; sabía gobernar su boca.
Y, por encima de todo, Jehová estaba con él.
Allí encontramos la verdadera unción.
No era solamente un hombre talentoso.
Era un hombre cuya vida estaba respaldada por la presencia de Dios.
La diferencia entre Saúl y David no fue la unción, porque ambos fueron ungidos.
La diferencia estuvo en el corazón.
Saúl terminó confiando en sí mismo.
David aprendió a depender del Señor.
Por eso dice la Escritura:
«Porque Jehová es excelso, y atiende al humilde; mas al altivo mira de lejos.»
(Salmo 138:6)
La autosuficiencia siempre conduce al orgullo.
La dependencia produce humildad.
Saúl fue el rey que el pueblo deseaba.
David fue el rey que Dios escogió.
Cuando el ser humano insiste en hacer únicamente lo que le parece correcto, Dios respeta su libertad para decidir. Pero eso no significa necesariamente que esa decisión represente su voluntad perfecta.
Con David ocurrió lo contrario.
Fue Dios quien tomó la iniciativa.
Fue Dios quien lo llamó.
Fue Dios quien lo respaldó durante todo el proceso.
Solo uno de ellos agradó plenamente al Señor.
También nosotros debemos aprender a esperar el tiempo de Dios.
Él sabe cuándo promovernos.
Él conoce el momento oportuno para cumplir cada promesa.
Y, cuando llega ese tiempo, Él mismo utiliza a las personas que ha establecido para confirmar aquello que ya había hablado.
Si hoy llevas tiempo esperando que una palabra de Dios se cumpla en tu vida, no te desvíes del camino.
Continúa sirviendo con fidelidad.
Permanece en obediencia.
No abandones el lugar donde Dios te plantó.
Así como Saúl y David fueron probados, también llegará el momento en que el Señor permitirá circunstancias que revelen lo que realmente hay en nuestro corazón.
Pero ninguna prueba cambia la identidad que Dios te ha dado.
Sigues perteneciendo a su familia.
Sigues formando parte de su Reino.
Y si permaneces fiel, también hay un propósito preparado para ti.
Por eso el llamado del Señor sigue siendo el mismo:
«Por eso, hermanos míos, ya que Dios es tan bueno con ustedes, les ruego que dediquen toda su vida a servirle y a hacer todo lo que a él le agrada. Así es como se le debe adorar.»
(Romanos 12:1, TLA)
El verdadero compromiso con Dios no consiste en hacer únicamente aquello que nos emociona, sino en permanecer obedientes a su voluntad cada día, confiando en que sus tiempos y sus caminos siempre serán mejores que los nuestros.