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En algún momento de la vida, muchos hemos adquirido algún tipo de seguro: un seguro de vida, un seguro médico o un seguro para nuestro vehículo. La razón es sencilla: un seguro nos brinda tranquilidad. Lo ideal sería nunca tener que utilizarlo, pero cuando llega una emergencia y los recursos no son suficientes, saber que existe un respaldo nos llena de confianza.
Un seguro puede hacerse cargo de gastos médicos, medicamentos, hospitales, trámites legales, daños materiales e incluso de situaciones mucho más difíciles. Su propósito es acompañarnos cuando nuestras fuerzas o nuestros recursos ya no alcanzan.
Sin embargo, existe un respaldo mucho mayor que cualquier seguro humano.
Es un respaldo que está disponible las veinticuatro horas del día, todos los días del año. No solamente podemos acudir a Él en medio de una crisis, sino también en cualquier momento de nuestra vida. Nunca está ocupado, nunca deja de escuchar y jamás abandona a quienes confían en Él.
Ese respaldo tiene un nombre: Jesucristo.
La Biblia nos presenta el ejemplo de tres jóvenes que entendieron perfectamente dónde debía estar puesta su confianza.
En Daniel 3:4-8, el rey Nabucodonosor ordenó que, al escuchar el sonido de los instrumentos musicales, todos los pueblos, naciones y lenguas debían postrarse para adorar la enorme estatua de oro que había levantado. La orden era absoluta:
«Y cualquiera que no se postre y adore, inmediatamente será echado dentro de un horno de fuego ardiendo.»
(Daniel 3:6)
Ante aquella amenaza, prácticamente todos obedecieron.
El miedo llevó a la multitud a inclinarse delante de aquello que el rey había establecido.
Pero hubo tres hombres que permanecieron de pie.
No porque fueran rebeldes.
No porque buscaran desafiar la autoridad.
Sino porque ya habían decidido que su adoración pertenecía únicamente a Dios.
En Daniel 3:12-18, algunos hombres acusaron a Sadrac, Mesac y Abed-nego delante del rey.
Las acusaciones resultan muy interesantes.
La primera fue:
«No te respetan.»
En realidad, aquellos jóvenes no estaban faltando al respeto al rey. Simplemente entendían que la obediencia a Dios estaba por encima de cualquier mandato humano cuando ambos entraban en conflicto.
La segunda acusación decía:
«No adoran tus dioses.»
Podríamos traer esa misma frase a nuestro tiempo.
No siguen los mismos objetivos que el mundo.
No hacen negocios de manera deshonesta.
No aceptan hacer trampas.
No participan en acuerdos ocultos.
No están dispuestos a negociar sus principios para obtener beneficios personales.
Y la tercera acusación fue:
«Ni adoran la estatua de oro.»
En otras palabras, tampoco estaban dispuestos a rendirse delante del poder humano.
Esa misma tentación fue presentada a Jesús.
En Mateo 4:9-11, Satanás le ofreció todos los reinos del mundo si tan solo se postraba para adorarlo.
La respuesta del Señor fue firme:
«Vete, Satanás, porque escrito está: Al Señor tu Dios adorarás, y a él sólo servirás.»
Jesús dejó claro que ninguna recompensa vale más que permanecer fiel al Padre.
La misma batalla continúa hoy.
El apóstol Juan escribe:
«Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo.»
(1 Juan 2:16)
Seguramente Sadrac, Mesac y Abed-nego pudieron pensar en todo lo que perderían.
Tenían posiciones importantes dentro del reino.
Disfrutaban de prestigio.
Tal vez muchos habrían considerado más prudente ceder solo por un momento.
Quizá pudieron justificarlo diciendo:
«Todos lo hicieron.»
«Después le pediremos perdón a Dios.»
«No significa nada inclinarse unos segundos.»
Pero comprendieron que la fidelidad nunca se negocia.
La obediencia siempre tiene un precio, pero también tiene una recompensa.
Cuando fueron lanzados al horno de fuego, parecía que todo había terminado.
Sin embargo, fue precisamente allí donde ocurrió uno de los milagros más extraordinarios de la Escritura.
En Daniel 3:24-26, el rey Nabucodonosor quedó asombrado y preguntó:
«¿No echaron a tres varones atados dentro del fuego?»
Y enseguida añadió:
«He aquí yo veo cuatro varones sueltos, que se pasean en medio del fuego sin sufrir ningún daño; y el aspecto del cuarto es semejante a hijo de los dioses.»
Lo que debía ser el lugar de su destrucción se convirtió en el escenario donde Dios manifestó su presencia.
El fuego no los consumió.
Las llamas no pudieron destruirlos.
Porque cuando una persona decide dar toda la gloria a Dios y se mantiene firme sin rendirse ante aquello que deshonra su nombre, el Señor nunca la abandona.
Las amenazas eran reales.
El horno era real.
El peligro era verdadero.
Pero la presencia de Dios fue aún más real.
Por eso Nabucodonosor tuvo que acercarse al horno y decir:
«Sadrac, Mesac y Abed-nego, siervos del Dios Altísimo, salid y venid.»
Y la Escritura afirma que ellos salieron del fuego sin haber sufrido daño alguno.
Esta historia nos recuerda que nuestra seguridad nunca ha dependido de la ausencia de problemas.
Nuestra verdadera seguridad consiste en saber quién camina con nosotros cuando atravesamos el fuego.
Tal vez hoy enfrentas presiones para actuar como todos los demás.
Quizá sientes la tentación de comprometer tus principios para conservar un trabajo, cerrar un negocio o evitar dificultades.
Pero recuerda que ninguna ventaja temporal vale más que permanecer fiel al Señor.
No te postres delante de aquello que el mundo quiere que adores.
No permitas que el temor te haga deshonrar a Dios.
Permanece firme.
Jesús prometió estar contigo.
Él será tu entrada y tu salida.
No existe mejor respaldo que caminar cada día bajo su presencia.
Su compañía vale más que cualquier protección humana.
Su fidelidad supera cualquier garantía que este mundo pueda ofrecer.
Por eso la promesa del Señor sigue vigente:
«Aunque tengas graves problemas, yo siempre estaré contigo; cruzarás ríos y no te ahogarás, caminarás en el fuego y no te quemarás.»
(Isaías 43:2, TLA)
Ese es el mejor seguro que una familia puede tener.
No una póliza firmada por un hombre, sino la presencia constante del Dios que nunca abandona a quienes han decidido confiar plenamente en Él.