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La alabanza no es simplemente un momento dentro del culto. Es una expresión de adoración que tiene un profundo significado espiritual. Cuando el pueblo de Dios adora, no solo entona canciones, sino que reconoce públicamente quién ocupa el primer lugar en su vida.
La Biblia nos muestra que existe un reino de las tinieblas organizado. Satanás es presentado como el adversario, y las Escrituras revelan que los poderes de las tinieblas actúan bajo un orden establecido. Quienes sirven a ese reino también practican disciplinas y buscan agradar a aquel a quien siguen.
Por eso no debe sorprendernos que la adoración sea uno de los principales campos de batalla espiritual.
Antes de su caída, Satanás era conocido como Lucifer, un nombre asociado con el significado de «portador de luz» o «lucero de la mañana». La tradición cristiana, tomando como referencia pasajes como Isaías 14:11-14, lo describe como un ser de gran hermosura y elevada posición entre los seres celestiales.
Sin embargo, aquello que debía utilizar para glorificar a Dios terminó convirtiéndose en motivo de orgullo.
Su belleza, su posición y su influencia llenaron su corazón de soberbia.
Quiso ocupar el lugar que únicamente pertenece al Creador.
La Escritura relata su caída y cómo fue expulsado junto con los ángeles que decidieron seguir su rebelión.
Comprender este principio nos ayuda a entender por qué la adoración siempre enfrenta oposición.
Si Satanás quiso recibir la gloria que solo corresponde a Dios, resulta lógico que intente distraer, dividir o entorpecer toda expresión de adoración verdadera.G
El apóstol Pablo escribe:
«Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes.»
(Efesios 6:12)
Este pasaje describe un reino organizado, donde existen diferentes niveles de autoridad espiritual:
Nuestra lucha, por lo tanto, no es contra personas, sino contra un enemigo espiritual que busca apartar la gloria que pertenece únicamente a Dios.
Una de las estrategias más sutiles que utiliza es la rebeldía.
Cuando pensamos en rebeldía solemos imaginar a alguien que desafía abiertamente toda autoridad. Sin embargo, muchas veces comienza de una forma mucho más silenciosa.
Nace en el corazón.
Se manifiesta cuando el orgullo empieza a ocupar el lugar de la humildad.
Cuando una persona cree que ya no necesita aprender, corregirse o depender de Dios.
Es el mismo engaño que puede experimentar quien piensa que ya no necesita prepararse porque cree saberlo todo.
La autosuficiencia termina cerrando el corazón a la dirección del Señor.
Por eso la Escritura declara:
«Porque como pecado de adivinación es la rebelión, y como ídolos e idolatría la obstinación. Por cuanto tú desechaste la palabra de Jehová, él también te ha desechado para que no seas rey.»
(1 Samuel 15:23)
Este versículo revela cuán seriamente considera Dios la rebeldía.
No se trata únicamente de una actitud externa.
Es una condición del corazón.
Así como la hechicería abre puertas para la influencia del enemigo, la rebeldía también lo hace, porque fue precisamente el pecado que dio origen a la caída de Satanás.
Dios las coloca al mismo nivel debido a que ambas rechazan su autoridad.
En muchas ocasiones pensamos que robar la gloria a Dios significa únicamente adorar imágenes o ídolos visibles.
Sin embargo, también podemos quitarle el primer lugar cuando exaltamos nuestros logros, nuestro prestigio, nuestras posesiones, nuestro trabajo o nuestro propio ego.
Cada vez que algo ocupa el lugar que solo Dios merece, dejamos de adorarlo plenamente.
Vivir fuera de la autoridad de Dios siempre trae consecuencias.
Recuerdo una experiencia que me permitió comprender este principio de una manera muy práctica.
Mientras conducía por una carretera que conecta La Ceiba con Coca-Cola, observé a dos agentes de tránsito. Uno de ellos hacía señales para detener el paso, pero su indicación me pareció insegura y decidí continuar.
Pensé que no era necesario obedecer.
Más adelante encontré una larga fila de vehículos completamente detenidos. Intenté regresar y, en la maniobra, otro vehículo golpeó mi camioneta.
En ese momento sentí claramente la convicción del Espíritu Santo diciéndome:
«Te advertí que no entraras.»
Lo hizo precisamente por medio de aquella autoridad que yo había decidido ignorar.
Comprendí entonces que cuando actuamos fuera de la autoridad establecida, dejamos de disfrutar de la protección que Dios desea brindarnos mediante el orden.
No se trata simplemente de obedecer a una persona.
Se trata de respetar la autoridad que Dios permite para nuestro bien.
Algo semejante ocurrió en Éxodo 32:25-27.
Después del pecado del becerro de oro, Moisés se colocó a la entrada del campamento y dijo:
«¿Quién está por Jehová? Júntese conmigo.»
Es interesante observar que no dijo: «El que esté con Jehová, váyase directamente con Él.»
Dijo:
«Júntese conmigo.»
¿Por qué?
Porque Dios había delegado autoridad sobre Moisés para conducir al pueblo.
La presencia de Dios respaldaba el orden que Él mismo había establecido.
Más adelante, en Números 16, encontramos la rebelión de Coré, quien decidió levantarse contra la autoridad de Moisés. Las consecuencias fueron tan graves que la tierra abrió su boca y los tragó junto con quienes participaron en aquella rebelión.
El problema nunca fue únicamente Moisés.
El problema fue levantarse contra el orden establecido por Dios.
Algo parecido observé durante un ejercicio militar.
Dos tenientes gritaron con firmeza:
«¡Atención… firmes!»
Todos adoptamos inmediatamente la posición de respeto porque un mayor del ejército se acercaba.
Después del saludo protocolario, comenzaron a conversar con toda naturalidad e incluso recordaban anécdotas personales.
Eran buenos amigos.
Entonces comprendí que el saludo no era solamente para la persona.
Era un reconocimiento al grado y a la autoridad que representaba.
La autoridad merece respeto porque representa un orden.
Ese mismo principio aparece en la historia del centurión romano.
Cuando acudió a Jesús para pedir la sanidad de su siervo, entendió perfectamente cómo funciona la autoridad espiritual.
Él mismo dijo que era un hombre sujeto a autoridad y que también tenía personas bajo su mando.
Comprendía que una palabra respaldada por verdadera autoridad era suficiente para producir resultados.
Jesús elogió esa fe porque nacía de una correcta comprensión del orden establecido por Dios.
La verdadera adoración siempre florece en un corazón humilde.
Un adorador no busca protagonismo.
No busca reconocimiento.
No pretende quedarse con la gloria que pertenece al Señor.
Jesús enseñó que el Padre sigue buscando personas con un corazón dispuesto a rendirse completamente delante de Él.
Porque, como dice la Escritura:
«Porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren en espíritu y en verdad.»
Cuando comprendemos quién es Dios y quiénes somos nosotros delante de Él, la única respuesta posible es la humildad.
Humillémonos delante de nuestro Señor.
Reconozcamos su autoridad sobre nuestra vida.
Démosle toda la gloria, toda la honra y toda la adoración que solamente Él merece.
Porque únicamente cuando Dios ocupa el primer lugar en nuestro corazón, nuestra alabanza se convierte en una verdadera expresión de adoración en espíritu y en verdad.