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La historia de Naamán, registrada en 2 Reyes 5:1-19, nos enseña que muchas veces Dios obra de maneras muy diferentes a las que nosotros esperamos. Él no siempre responde conforme a nuestros planes, pero siempre actúa con sabiduría y con el propósito de transformar nuestro corazón.
La Biblia presenta a Naamán como un hombre admirable. Era el general del ejército del rey de Siria, un hombre respetado, valiente y exitoso. Había alcanzado una posición de honor y era reconocido por sus victorias.
Sin embargo, la Escritura añade una frase que cambia completamente el panorama:
«…era este hombre valeroso en extremo, pero leproso.»
(2 Reyes 5:1)
Siempre parece existir un «pero» que nos recuerda que, por grandes que sean nuestros logros, todos necesitamos de Dios.
En aquella época, la lepra no solo representaba una enfermedad física. También significaba aislamiento, rechazo y exclusión. Los leprosos eran apartados de la sociedad porque existía el temor de que contagiaran a los demás.
Naamán podía tener autoridad, riquezas y prestigio, pero nada de eso podía librarlo de su condición.
Así sucede muchas veces con el ser humano.
Podemos aparentar que todo está bien, mientras escondemos áreas de nuestra vida que solo Dios puede sanar.
Existe un dicho popular que dice: «Al que todo le huele, algo le hiede.» En otras palabras, quien únicamente encuentra defectos en todo y en todos, muchas veces necesita mirar primero su propio corazón.
Naamán llegó buscando una solución para su problema, pero también llevaba consigo una idea muy definida de cómo Dios debía actuar.
Cuando el profeta Eliseo le envió el mensaje de que debía ir a lavarse siete veces en el río Jordán, la reacción del general no fue de obediencia, sino de enojo.
La Biblia dice:
«Y Naamán se fue enojado, diciendo: He aquí yo decía para mí: Saldrá él luego, y estando en pie invocará el nombre de Jehová su Dios, y alzará su mano y tocará el lugar, y sanará la lepra.»
(2 Reyes 5:11)
En otras palabras, Naamán había diseñado en su mente el milagro que esperaba recibir.
Él imaginaba una ceremonia impresionante.
Esperaba que el profeta saliera personalmente, pronunciara palabras solemnes, levantara las manos y realizara algún acto extraordinario.
Pero Dios tenía otro plan.
El Señor no estaba interesado únicamente en sanar su piel.
También quería sanar su orgullo.
Naamán continuó diciendo:
«Abana y Farfar, ríos de Damasco, ¿no son mejores que todas las aguas de Israel? Si me lavare en ellos, ¿no seré también limpio?»
(2 Reyes 5:12)
Y la Escritura añade que se marchó lleno de enojo.
Muchas veces hacemos exactamente lo mismo.
Queremos que Dios responda conforme a nuestras expectativas.
Cuando su respuesta no coincide con nuestros deseos, pensamos que el problema está en el método de Dios, cuando en realidad el Señor está trabajando primero en nuestro corazón.
Finalmente, Naamán decidió obedecer.
La Biblia relata:
«Él entonces descendió, y se zambulló siete veces en el Jordán, conforme a la palabra del varón de Dios; y su carne se volvió como la carne de un niño, y quedó limpio.»
(2 Reyes 5:14)
Podemos imaginar aquella escena.
Seguramente había muchas personas observándolo desde la orilla del río.
Tal vez algunos contaban en voz baja cada vez que Naamán se sumergía.
Quizá alguien comentó con ironía:
«Debe estar muy desesperado para meterse en esa agua.»
Mientras tanto, es posible imaginar lo que pasaba por la mente del propio Naamán.
Después de la primera vez, nada parecía haber cambiado.
Después de la segunda, tampoco.
Llegó la tercera, la cuarta, la quinta…
Al llegar a la sexta inmersión probablemente pudo pensar:
«Ya hice todo lo que me dijeron y todavía no ocurre nada.»
Pero el milagro no estaba condicionado a lo que él veía.
Estaba condicionado a su obediencia.
La respuesta de Dios llegó cuando Naamán decidió completar aquello que el Señor le había pedido.
Su carne fue restaurada y quedó limpia como la de un niño.
Esta historia nos deja tres enseñanzas que siguen siendo vigentes para nuestra vida.
La primera es:
Humíllate.
Dios muchas veces utiliza caminos sencillos para quebrantar nuestro orgullo. La humildad siempre abre la puerta para que Él pueda obrar.
La segunda es:
Confía en lo que Dios está haciendo.
Aunque no veas resultados inmediatos, el Señor continúa trabajando. No abandones el proceso solo porque el milagro todavía no es visible.
La tercera es:
Ríndete y adóralo.
Cuando dejamos de imponer nuestras condiciones y aprendemos a obedecer, descubrimos que los planes de Dios siempre son mejores que los nuestros.
El milagro de Naamán comenzó el día que dejó de discutir con Dios y decidió atender el mensaje que había recibido.
Quizá hoy el Señor también está hablando a tu vida.
Tal vez la respuesta que esperas no llegará de la forma que imaginabas.
Pero si decides obedecer su voz, confiar en sus tiempos y rendir tu corazón delante de Él, descubrirás que Dios sigue restaurando vidas de una manera perfecta.
Como le dijo el profeta a Naamán:
«Ve y lávate siete veces en el Jordán, y tu carne se te restaurará, y serás limpio.»
(2 Reyes 5:10)
Atender el mensaje de Dios siempre será el primer paso para experimentar el milagro que Él tiene preparado para nosotros.